viernes, 8 de diciembre de 2017

Pedro Mairal, La uruguaya


Pero qué buena es esta novela. A Pedro Mairal, ahora mismo, deben de pitarle los oídos de lo lindo: cientos de escritores, rojos de envidia, estarán poniéndolo a parir tras leer La uruguaya. Y no es para menos, porque no está bonito presumir de estilo como él lo hace. Podría haber cometido alguna torpeza aquí y allá, esparcir cada tres páginas una frase dubitativa o un adverbio rebuscado, la clase de flaquezas que al lector envidioso, o sea, al escritor, le alivian y le congracian con el libro que sostiene en las manos. «Pero no, hombre, no», dice en estos casos el lector envidioso disimulando mal la alegría, «aquí pecas de estilista y aquí de lo contrario, se ve a la legua que esta frase no la escribiste así de primeras, dudaste, consultaste el diccionario de dudas, si lo sabré yo, te debatiste durante días entre obedecer a tu instinto o al diccionario, y al final fuiste cobarde y obedeciste al diccionario». Pedro Mairal podría haber mostrado un poco de humildad, un poco de respeto para con el resto de los escritores, pero ha preferido optar por la insolencia de una prosa deslumbrante. Él sabrá lo que hace. La uruguaya le ha valido un premio y la devoción de muchos lectores, pero también lo ha hecho odioso a ojos de sus colegas. Muy bajo tendrá que caer con su próximo libro para que se lo perdonen.

No voy a contar de qué va La uruguaya porque no hace falta. Bueno, sí, por qué no. Va de un escritor cuarentañero que atraviesa una crisis existencial o algo por el estilo. Problemas con su mujer, problemas económicos, un mocoso que da mucho trabajo y unos libros que dan poco dinero. En resumen, va de lo mismo que el 30% de las novelas escritas en la actualidad por escritores menores de cincuenta años (otro 30% va de las crisis existenciales de escritores treintañeros, y otro 30, de las de escritores veinteañeros). Lo que distingue a La uruguaya de la mayoría de sus congéneres es que es buenísima. Así, sin más. Este libro es pura alegría de leer, es una borrachera sin resaca, es un baile a la pata coja en el filo del tejado. También es una bonita historia de amor y una demostración de que el ingenio no tiene por qué estar reñido con la gravedad. Y un libro muy finito de apenas 140 páginas.

¿Sois capaces de leer 140 páginas de una sentada? Si no lo sois, lo sois. Con La uruguaya lo sois. Leerla es como bajar unas escaleras en trineo a toda hostia. Sin embargo, mi recomendación es que no la leáis aún. Esperad un poco. Tarde o temprano os llegará, como a todos, el temido bache lector: esa etapa tristona en que ningún libro consigue reconciliaros con el placer de leer. Reservad La uruguaya para entonces. Llegado el momento, os alegraréis de no haber gastado este seguro de vida. 

domingo, 26 de noviembre de 2017

John Williams, Stoner


Stoner es la mejor novela que he leído este año, tal vez en años. ¿Por qué? Por ningún motivo en particular, o por ninguno que yo conozca, lo que quizás sea la mejor señal de su grandeza. ¿No resultan sospechosas las novelas que nos gustan por un motivo concreto? Yo, cuando sé por qué me ha gustado un libro, me escamo. Me pregunto qué tiene ese aspecto del libro para gustarme, me pregunto si no será que encuentro en él algo que ya estaba en mí y que sale reforzado de la lectura. Nos ocurre todos los días: conocemos a alguien que nos da la razón, que nos llama guapos o que halaga nuestra vanidad de cualquier otra forma, y no podemos evitar quererlo. En realidad no lo queremos a él: nos queremos a nosotros mismos, y si la persona en cuestión nos resulta agradable es porque justifica o refuerza nuestro amor propio. Con los libros pasa lo mismo. Basta que encontremos en uno la más mínima validación de nuestra forma de ser para que se convierta en el acto en una obra maestra. La vanidad es astuta y siempre se abre camino. Pero, aunque es cierto que de nada sirve luchar contra ella (parece más sensato invertir nuestras energías en aprender a gestionarla), también lo es que reconforta encontrar de vez en cuando un placer que, al menos a simple vista, no esté dominado por ella. Leer un libro que no nos halaga, que no afirma ni desmiente nada de lo que amamos, bien podría ser uno de esos placeres.

Es difícil discernir de dónde proviene la fascinación que esta novela ejerce en tantos lectores. Stoner es el perfecto modelo del hombre anodino: un profesor universitario sin más intereses que sus clases, su familia y sus pequeños proyectos académicos. Sus desgracias nos harían bostezar si tuviéramos que escucharlas ante una taza de café, igual que hacemos bostezar nosotros a nuestros amigos cuando les contamos que un compañero de trabajo ha conseguido el ascenso al que aspirábamos o que nuestra mujer se ha apuntado a un grupo de teatro. Nada hay de novelesco en la vida de Stoner, y sin embargo la suya es una novela apasionante. Al leerla no tenemos la sensación de presenciar un drama individual, sino el gran drama del ser humano. De forma misteriosa, John Williams obra el milagro de la transmutación: eleva lo particular a lo universal, la miseria privada a dolor compartido. Muchos, antes y después que él, han tratado de hacerlo. Nadie lo ha hecho mejor.

Al éxito de la novela contribuye su prosa limpia, transparente. John Williams no solo no se enreda en florituras, también renuncia al exceso de información que, en mi opinión, lastra otro de sus libros más conocidos, Butcher's Crossing. En esta otra novela, ambientada en el salvaje oeste, al autor se lo ve preocupado por crear un escenario creíble, y en su esfuerzo por hacer que la atmósfera cobre vida añade un sinfín de explicaciones innecesarias. Nos informa sobre las partes exactas que componen un carromato o sobre el modo adecuado de conducir un carro de bueyes sin que estos sufran daños. Demasiada información. Escribir una novela es como contar una mentira: dar muchos detalles no hace la historia más creíble, al contrario, la hace sospechosa. Y aburrida. Ya dijo Voltaire que el secreto para ser aburrido es contarlo todo. Stoner está libre de ese pecado. Aquí no hay información de más ni de menos. De hecho, se diría que no hay información de ningún tipo: tan natural, tan espontáneo es el relato que uno se resiste a pensar que John Williams haya dosificado la información, haya planificado la estructura, haya rehecho las frases. Se resiste uno a pensar que este libro sea una obra de artesanía y no un trozo de vida pura y dura.


En pocos casos tiene tanto sentido decir, como acostumbramos a decir cuando nos quedamos sin ideas, que es inútil hablar de esta novela, que es mejor leerla. Sin embargo, yo hablo. Quiero hacerlo. A veces, cuando leo un libro y me gusta, me apresuro a escribir algo sobre él para no olvidarlo. He comprobado demasiadas veces que mi memoria es precaria: pasados unos días se difuminan los detalles de la trama, pasadas unas semanas apenas conservo una sensación difusa de agrado o desagrado. Sobre Stoner no escribí nada en su momento, hace seis meses, cuando lo leí. Supongo que no me apeteció, supongo que estaba ocupado o cansado, o quizá por entonces ya intuía que este libro no caería tan fácilmente en el olvido. En cualquier caso, hoy ha acudido a mi memoria, y me he dicho: «¿Aún no lo has olvidado? Pues apresúrate a escribir unas líneas, por si acaso». Y me he puesto a escribir y a recordar, y os juro que el recuerdo es tan vívido como si lo hubiera leído ayer. «No es extraño que lo recuerdes», dirán algunos, «seis meses es poco tiempo». Tal vez, aunque no se me vienen a la cabeza muchos libros de los que haya conservado un recuerdo tan nítido al cabo de seis meses. ¿Terminará también Stoner por caer en el olvido? ¿Puede uno olvidar un libro inolvidable? Sí, la memoria es cruel y nada está a salvo dentro de ella. Pero hay libros, muy pocos, que nos acompañan incluso más allá del olvido. A ese selecto grupo pertenece Stoner

Otros blogs que hablaron sobre Stoner:

domingo, 19 de noviembre de 2017

Shirley Jackson, Siempre hemos vivido en el castillo


Todos conocemos la escena: unos niños observan desde lejos, sin atreverse a acercarse, un siniestro caserón. En el pueblo se dice que quien entra en él no vive para contarlo. Está habitado por una bruja, una vieja solterona que quedó marcada por un crimen cometido siglos atrás, o quizá por un monstruo deforme nacido de la unión de una mujer y una bestia. Se cuentan muchas historias sobre esa casa y sus temibles habitantes, y aunque nadie cree en ellas, nadie las desoye, por si acaso. Todos conocemos la escena: cientos de cuentos góticos adoptan este punto de partida. Siempre hemos vivido en el castillo no es uno de ellos.

Aquí el caserón maldito no es un misterio que los protagonistas han de abordar desde fuera, cautelosamente, desdoblando una tras otra las distintas capas del enigma hasta resolverlo. No, en la novela de Shirley Jackson el caserón es la casa de los protagonistas, nuestra casa; tenemos acceso a todas sus habitaciones, o a casi todas. Podemos sentarnos a la mesa de la cocina y saborear los deliciosos platos de Constance, preparados con las hierbas que ella misma cultiva en el jardín. Podemos recorrer la parcela y acompañar a Merricat a su escondrijo. Podemos incluso bajar a la despensa y acariciar los vetustos botes de conservas. Estamos en nuestra casa y conocemos sus secretos: sabemos cuánto hay de mentira en lo que dice la gente del pueblo. Y cuánto hay de verdad. Y quizá por eso, porque lo sabemos, no dejamos de sentirnos un pelín inquietos en nuestra propia casa. Aquí han pasado cosas, cosas terribles. Cosas que es mejor callar.


Quien dice esto, quien ahora habla, soy yo, el lector: un híbrido, el punto de encuentro o de fusión entre la persona que sostiene el libro y la que narra la historia, Merricat. Ella nunca hablaría así. Merricat no se siente intranquila en casa, es feliz, muy feliz, o lo sería si la detestable gente del pueblo las dejaran en paz. Los malditos pueblerinos odian a las dos hermanas, las odian y las temen, y si bien Merricat y Constance son las chicas más dulces del mundo, tal vez no hagan mal los del pueblo en temerlas un poquitín. Después de todo, ambas tienen amplios conocimientos micológicos, podría decirse que son casi expertas en cuestión de setas venenosas. Que nadie piense mal: no es que las setas les interesen por motivos torcidos, lo que pasa es que en el bosquecillo que tienen por jardín crecen en abundancia, y necesitan conocerlas para no comerse una venenosa por equivocación. También crecen casualmente en el jardín ciertas plantas tóxicas: la cicuta, el estramonio, la belladona. ¿Qué ocurriría si Constance o Merricat, en lugar de ser las chicas más dulces del mundo, estuvieran un poco mal de la cabeza? Ocurriría que los niños que señalan el caserón desde lejos y se burlan de ellas tendrían motivos para preocuparse. Y también los padres de los niños, que no son menos crueles, y cualquier otra persona que se atreviera a ofenderlas. Pero por suerte ni Constance ni Merricat están mal de la cabeza. 


En Siempre hemos vivido en el castillo, lo que menos importa es la resolución del enigma. ¿Qué pasó realmente? ¿Quién lo hizo? Da igual. El placer algebraico que nos proporcionan las novelas de Agatha Christie es irrelevante aquí: de lo que se trata no es de resolver la ecuación, sino de sumergirse en un universo extraño y gozarlo sensualmente, tocarlo, olerlo, respirarlo, igual que se disfruta un aroma. Si nunca os habéis quedado arrobados durante horas ante un cuadro o un paisaje lúgubre, quizá no le saquéis todo el jugo a este libro. En cambio, lo disfrutaréis enormemente si sois de los que gustan de adentrarse sin prisa, con todo el tiempo del mundo por delante, en los lugares propicios a la ensoñación: jardines sombríos, polvorientos desvanes, la noche. Leer Siempre hemos vivido en el castillo a ratitos, ahora veinte minutos, mañana otros veinte, no tiene mucho sentido: hay que entrar en él como quien entra en un sueño o en una alucinación, y una vez dentro, hay que alargar la experiencia tanto como sea posible, de lo contrario se corre el riesgo de no volver a encontrar la puerta de entrada. Es lo que pasa con las alucinaciones y con los sueños, que una vez que despertamos es difícil retomarlos. Claro que, si alucinamos demasiado, puede darse el caso opuesto: que no encontremos la puerta de salida. Existe ese riesgo, no digo que no. Leer este libro es soñar un sueño parecido al que soñamos al tomar ciertas plantas alucinógenas, ciertas setas, por ejemplo. Y las setas son peligrosas. Según cómo te sienten, el viaje puede ser bueno o malo. Y si ocurre, dios no lo quiera, que te llevas por error a la boca la seta equivocada, el viaje puede ser el último.

Otros blogs que han escrito sobre el libro: 
Juvenil, fantástica o lo que se tercie
Devoradora de libros
Un libro al día

martes, 14 de noviembre de 2017

Kent Haruf, Nosotros en la noche


Hay una clase de historias que no me gusta: esas historias en que dos personas coinciden en una situación pintoresca, y el encuentro se repite y vuelve a repetirse y se hace recurrente, y lo que empieza siendo una reunión coyuntural acaba transformándose en un rito de encuentro muy íntimo durante el cual ambos abren sus corazones y se conocen entre sí y a sí mismos, etc. No sé a qué se deberá, pero siento una rara aversión hacia esta clase de historias. Nunca conecto con ellas. No sé si es que me parecen previsibles o prefabricadas o si me contaron una historia de esta clase de pequeñito, una noche que tenía un espantoso dolor de muelas, y desde entonces arrastro el trauma. Sea como sea, no me gustan, pero toda regla tiene su excepción, y Nosotros en lanoche es una excepción merecidísima.

La premisa es telenovelesca: Addie es anciana, es viuda, está sola. Louis también. Son vecinos. Un día, ella lo visita y le propone algo insólito: «Me pregunto si vendrías a dormir por la noche conmigo. Y a hablar». Tras una breve reflexión, él acepta. Y así comienza su historia. Un escritor menos lúcido que Kent Haruf habría transformado esta materia prima en un dramón lacrimógeno lleno de enfáticas enseñanzas vitales y plagado de frases del tipo: «descubrieron que la vejez no es el fin de nada, sino un nuevo comienzo», «aprendieron a conocerse a sí mismos mediante el conocimiento mutuo», «vencieron la incomprensión del mundo y gozaron de un ocaso luminoso». Afortunadamente, no hay nada de eso en Nosotros en la noche. Hay un mundo que no entiende y que se opone a la relación de Addie y Louis, sí, y hay dos personas que encuentran sosiego en la mutua compañía, pero la mirada desapasionada del narrador sitúa a la novela en las antípodas del telefilme. En todo momento resulta creíble y honesta. Los breves capítulos son fotogramas muy vívidos: si los leemos deprisa se transforman en una película convencional pero muy cercana, muy verdadera; si los leemos despacio se parecen más a un puñado de fotografías, esas fotografías que sacamos del cajón tras varias décadas de abandono y que nos sumen una plácida tristeza.

Nosotros en la noche no es, no nos engañemos, una novela original: todos nos la sabemos de memoria. Pese a lo insólito de la situación inicial, la historia de Addie y Louis carece de grandes giros argumentales, y en esencia es la misma que encontramos aquí, allá, a nuestro alrededor, en todas partes, así como en tantas otras películas y novelas. Y sin embargo es difícil leerla sin emocionarse. Kent Haruf no es el primero que hace buena literatura con la realidad cotidiana, pero su libro es conmovedor y transmite calidez y ternura, y muy torpes habríamos de ser para ponerle objeciones en lugar de disfrutarlo sin reparos.

Si lo encontráis en una librería, abridlo, leed las primeras páginas y dejad que os diga lo que tiene que deciros: «me pregunto si vendrías a dormir por la noche conmigo. Y a hablar». Y contestad que sí. Yo no me atrevería a afirmar, siendo como es tan vasta la literatura, que de entre todos los libros elegiría este para llevármelo a una isla desierta, pero sin duda es un gran libro con el que irse a dormir, y a hablar.

Otros blogs que han escrito sobre el libro:
Entre montones de libros
Estado crítico
Todoliteratura.es

martes, 7 de noviembre de 2017

Edward Hallett Carr, Los exiliados románticos


La vida de Alexander Herzen da para muchas novelas, para muchos ensayos, para un buen drama de época y para una mejor tragicomedia política. Muchos libros se han escrito sobre él y muchos más podrían escribirse. Dudo que alguno sea comparable a este. 

Herzen fue un perfecto ejemplar de esa rara especie que se propagó por Rusia en el siglo XIX: la de los aristócratas revolucionarios. Hijo y heredero de un gran terrateniente, podría haber disfrutado de su riqueza en paz, pero la brutalidad del régimen de Nicolás I lo sublevaba, y optó por la vía difícil. A los veintidós años fue detenido y confinado en una remota ciudad de provincias por participar en reuniones presuntamente subversivas. Tres años más tarde se le permitió regresar a Moscú y llegó incluso a desempeñar un cargo en el Ministerio del Interior, hasta que cometió una imprudencia: en una carta a su padre se tomó la libertad de cuestionar la labor de la policía de Petersburgo. Era un comentario inocente y circunstancial, pero a las autoridades que abrieron la carta y la leyeron les bastó para volver a desterrarlo a otra ciudad remota. El sentimiento de injusticia lo abrumó; cinco años más tarde, tras heredar la fortuna de su recién fallecido padre, abandonó Rusia en busca de una atmósfera menos opresiva.

Todo esto y muchas más cosas se nos cuentan en el primer capítulo del libro. Los dieciséis restantes no son menos intensos.

Herzen en familia. A la derecha,
su inseparable Ogarev
A partir de entonces su vida fue un interminable periplo europeo. Suiza, Italia, Inglaterra, Fracia, de nuevo Suiza, de nuevo Italia… Por algún motivo Herzen parecía incapaz de asentarse en ningún sitio, y apenas comenzaba a echar raíces decidía marcharse junto con toda su familia. Escribía sin descanso contra la asfixiante tiranía de Nicolás I, y allá adonde iba se convertía en el centro de la actividad revolucionaria local. Los revolucionarios siempre han tenido buen olfato; en cuanto Herzen llegaba a una ciudad, los activistas autóctonos captaban el embriagador aroma a dinero que desprendía, y no tardaban en arracimarse en torno a él.

Su vida política fue convulsa, y su vida sentimental lo fue aún más. Ni el más abigarrado folletín podría competir con el torrente de personajes que en ella intervienen. Amigos y amantes entran y salen de escena, reaparecen tras largos años de ausencia, se enredan en imposibles triángulos amorosos, se retan a muerte, conspiran, caen en la locura o en la melancolía alcohólica, enferman, se arruinan y mueren. Quien piense que Balzac o Dostoievski exageraban los tormentos de sus personajes, que lea la biografía de Herzen. Eran otros tiempos: los novelistas no eran los únicos que inflaban las pasiones, las personas de carne y hueso también lo hacían. El lector del siglo XXI, demasiado descreído o demasiado apático para dejarse arrastrar por las tramas desenfrenadas de los folletines decimonónicos, encontrará en Los exiliados románticos una excusa perfecta para revolcarse sin escrúpulos en el barrizal de las Grandes Pasiones. Lo que aquí se cuenta no es melodramática invención: es, fue la vida real.

Memorias de Herzen
El libro, con todo, adolece de una seria carencia, y es que Herzen no debe su fama a su apasionante vida privada, sino a su legado intelectual, y poco se habla de él en Los exiliados románticos. ¿Qué pensaba Aleksandr Herzen, cuáles eran sus ideas o su ideología, si es que la tenía? Sabemos que defendía la abolición de la servidumbre y que, al contrario que algunos de sus amigos más radicales, era un demócrata constitucionalista, pero poco más. Edward Hallett Carr pasa de puntillas sobre la faceta que hace de Herzen un hombre importante, y no solo interesante. Leyendo Los exiliados románticos, uno no puede evitar acordarse de la observación que en 1943 hacía Borges sobre los biógrafos contemporáneos, quienes estaban tan fascinados por los pormenores sentimentales de sus biografiados que olvidaban aludir a las obras que los hacían célebres. «En 1943», escribía Borges, «lo paradójico es una biografía de Miguel Ángel que tolere alguna mención de las obras de Miguel Ángel». Diez años antes, en 1933, fecha en que se publica Los exiliados románticos, esta curiosa práctica biográfica ya estaba vigente.

Bakunin
Aun así, sería injusto decir que el interés del libro es meramente folletinesco. El retrato que ofrece de algunos personajes históricos resulta esclarecedor, y la narración de sus intrigas ayuda a comprender el ambiente intelectual y político de la época, todo ello sin perder ni un solo instante el pulso narrativo. Las aventuras de Bakunin nos mantienen, como suele decirse, pegados al asiento (la crónica de su expedición con los revolucionarios polacos a bordo del Ward Jackson es impagable), y no menos intensas son las correrías del taimado Nechaev, oscuro sujeto, una de cuyas más célebres y abominables audacias sirvió de inspiración a Dostoievski para escribir Los demonios.

Los últimos capítulos del libro (la segunda mitad entera, en realidad) son una divertidísima y conmovedora galería de personajes extravagantes, muchos de los cuales figuran asimismo como secundarios de lujo en las biografías de otras celebridades de la época. El viperino príncipe Dolgorukov, culpable ante la posteridad de los enredos que llevaron a Pushkin a la muerte, la severísima Malwida von Meysenburg, amiga de Nietzsche y de Wagner, o el derrochador, y a la postre arruinado, príncipe Yuri Golitsiná. Poco importa que el lector haya tropezado o no con ellos en otros libros; difícilmente será insensible a las vicisitudes de estas pobres criaturas, excéntricas, lunáticas, derrotadas, condenadas a arañar las paredes de su época en busca de un asidero, una frágil ramita a la que aferrarse en su imparable caída.


Nacer, crecer, ilusionarse, desilusionarse, morir. Nuestro destino, en el siglo XXI, es el mismo que el suyo en el XIX, pero nos queda un consuelo: pensar que algún día un nuevo Edward Hallett Carr mirará hacia atrás y narrará nuestra historia. Pongámoselo fácil, amigos y amigas, démosle material para convertirla en un libro tan apasionante como Los exiliados románticos.

lunes, 30 de octubre de 2017

Jarosław Iwaszkiewicz, Las señoritas de Wilko

Como cada mañana, cuando empieza a dolerme la cabeza levanto la vista del ordenador y observo, a través de la ventana de la biblioteca, un punto lejano, tal vez una nube, tal vez la línea del horizonte, cualquier cosa que me ayude a destensar los músculos de los ojos. Al cabo de unos segundos arrastro hacia atrás la silla, me levanto y doy un paseo por las estanterías que me rodean. Hojeo distraídamente las baldas de literatura francesa, española, polaca, y de pronto un libro llama mi atención. Por varios motivos. En primer lugar, porque no lo conozco de nada, ni al libro ni a su autor, Jarosław Iwaszkiewicz. En segundo lugar, porque lo edita Cátedra en su colección Letras Universales, lo cual siempre supone una cierta garantía. Y en tercer lugar porque nada más abrirlo me embarga la certeza de que, si lo leo, si leo ese ejemplar concreto de Las señoritas de Wilko, seré el primero en hacerlo, y nada me gusta más que desvirgar libros de la biblioteca. Desvirgar libros de librería no tiene ningún mérito (se supone que los libros de librería son nuevos, aunque tengo amigos libreros que podrían aportar información interesante al respecto); desvirgar libros de biblioteca, en cambio, es una operación sutil, en la cual intervienen resortes complejos del alma, especialmente cuando el libro, tal como parece ser el caso, lleva bastante tiempo en los estantes. El ejemplar de Las señoritas de Wilko que descansa junto al teclado mientras escribo estas líneas fue editado en 1993, y es poco probable que la biblioteca lo haya adquirido recientemente. Veinticuatro años, nada menos, y sin embargo está como nuevo. Es bonito pensar que lleva más de dos décadas ahí, a la vista de todo el mundo, ofreciéndose gratuitamente al primero que quiera llevárselo a casa, aguardando al lector esquivo que no llega, no llega, no llega, y que al fin aparece, justo cuando empezaba a perder la esperanza. Se siente uno en estos casos como el príncipe azul que con un beso despierta a la princesa de un largo sueño.

Tras sacar el libro de la estantería leo con precaución la contraportada, muy despacio, preparado para interrumpir la lectura a la menor señal de peligro. Hay que tener mucho cuidado con las contraportadas; algunas, cuando te vienes a dar cuenta, te han destripado medio libro. Yo procedo con ellas como con las películas gore: cuando veo que se acerca una escena sangrienta me llevo las manos a la cara y miro a través de los dedos, presto a taparme los ojos en cuanto la cosa se ponga fea. En este caso, por suerte, el breve texto está bien calibrado, lo que acrecienta la simpatía que empiezo a sentir por el libro. Lo abro, le echo un vistazo al índice y, tras saltarme educadamente la introducción, leo los dos primeros párrafos. Y enseguida comprendo que es el libro que ando buscando. Lo tomo en préstamo, me lo llevo a casa y hago lo que debería hacer con todos los libros: comienzo a leer del tirón, sin recabar más información sobre él o sobre el autor. ¿Qué más necesito saber para empezar a leer? Sé que el comienzo es delicioso y que el protagonista, Wictor Ruben, se parece muchísimo a mí. ¿No es bastante? ¿Por qué empeñarme en recabar opiniones, en asegurarme de que el libro cuenta con la aprobación ajena (y propia) antes de leerlo? Padezco desde hace tiempo el vicio de la sobreinformación: no leo un libro a menos que una gran variedad de lectores afines lo recomienden fervientemente. Creo que es una estrategia sensata, creo que las recomendaciones son tan útiles como los caminos señalizados, sin los cuales nos resultaría difícil orientarnos en la vasta selva de la literatura. Pero los caminos, si bien nos ahorran engorros innecesarios, también nos privan del placer de perdernos, y a todos nos gusta salir a la aventura de vez en cuando. Pasear sin ton ni son por las estanterías de la biblioteca y rozar con la mirada un libro muy finito enterrado entre dos tochazos, y sacarlo con dificultad de su escondrijo y abrirlo y leerlo y comprender que ese libro estaba ahí para ti. En mi triste vida hay pocas emociones comparables.

No es tanto que Las señoritas de Wilko sea una buena novela, que lo es, sino que es la novela que yo, hoy, necesitaba leer. Raras veces se produce ese raro milagro: leer un libro y sentir que entre todos los libros del mundo era ese, justo ese el que tenías que leer, y no en cualquier momento, sino ahora. Habría sido una lástima que la brevísima novela de Iwaszkiewicz hubiera llegado a mí en cualquier otra época de mi vida, porque tal vez no la habría entendido como lo he hecho hoy. El protagonista, Wictor Ruben, atraviesa una etapa muy parecida a la que atravieso yo (aviso, durante el resto del párrafo destripo un poco la novela). Tras quince años de ausencia regresa al hogar y allí se reencuentra con las personas (las señoritas de Wilko) que compartieron con él su juventud. Todas ellas tienen ya una vida a sus espaldas, tal como corresponde a las personas de su edad. Son mujeres, no muchachas, y también él, se mire como se mire, es un hombre adulto. Sin embargo, a sus treinta y cinco años sigue soltero; no solo no ha fundado una familia sino que ni siquiera se ha comprometido nunca seriamente con nadie: no hay en su vida nada que lo ate a la vida. Aún está, como lo estaban también ellas quince años atrás, en el punto de partida, en el punto en que todo es posible, solo que hace mucho tiempo que ha dejado de ser todo posible. No es un hombre viejo, pero es demasiado viejo para hallarse donde se halla, y no puede evitar preguntarse qué habría sido de su vida si hubiera aprovechado alguna de las oportunidades que se le ofrecieron quince años atrás, cuando él tenía veinte años… y ellas también.

Leído así, reducido a una burda moraleja, el libro puede parecer banal. No lo es. El retorno al pasado y la revelación del tiempo perdido son temas muchas veces abordados en la historia de la literatura, pero Iwaszkiewicz lo hace con una delicadeza poco frecuente. Sus observaciones psicológicas no resultan nunca rebuscadas ni gratuitas, sino oportunas e iluminadoras, y su prosa, que a un lector actual podría en un principio resultarle timorata, termina desplegando una sensualidad y un poder evocador extraordinarios.

Así al menos es como yo he leído la novela, o como la novela me ha leído a mí. Quien no atraviese una etapa parecida a la mía, tal vez lea un libro totalmente distinto, y tal vez ese libro no sea tan bueno como el que yo he tenido la suerte de leer. Pero a nadie le amarga un dulce, y creo que incluso los que no piensen, como yo, que Las señoritas de Wilko es una obra maestra, encontrarán motivos de sobra para contradecir lo que sugerí más arriba, o sea, que a veces hay que prestar oídos sordos a las recomendaciones. Leed Las señoritas de Wilko.

Eso, claro, si conseguís haceros con el libro, cosa que no es fácil. A día de hoy, 30 de octubre de 2017, está descatalogado en España, y a menos que se acuda a librerías de viejo, tampoco es posible encontrar otros libros de Iwaszkiewicz en español. Desde aquí hago un llamamiento a nuestras editoriales: ¡traducid y publicad a Iwaszkiewicz, por favor! ¿Sabéis lo bonito que quedaría este libro en Impedimenta, en Acantilado, en Libros del Asteroide, en Alba, en...?

lunes, 23 de octubre de 2017

Laura Lee Bahr, Fantasma


Este libro es una locura. Os cuento de qué va.

Hay tres personajes. Sara While, que está muerta, Simon Would, que está más o menos vivo, y tú. Los apellidos de los dos primeros son significativos, de eso no me cabe la menor duda, pero no me preguntéis en qué sentido lo son, porque no lo sé. Ni lo sé ni aspiro a saberlo; es absurdo pretender saber nada de nada cuando uno lee este libro. Por saber, ni siquiera sé si me ha gustado (o sea, sí, por supuesto que me ha gustado). Se me viene a la cabeza algo que me hicieron leer en la asignatura de Estética, allá en los tiempos remotos en que pasaba las tardes en la cafetería de la facultad fingiendo estudiar una carrera. Se trata de una de las definiciones del término «interesante» que proponía el autor del manual de la asignatura. Cuando vemos una película, venía a decir el buen hombre, cuando leemos una novela o cuando conocemos a una persona, normalmente somos capaces de decir si nos gusta o no, pero hay casos en los que nos resulta imposible hacerlo. ¿Te ha gustado el libro?, te preguntan. Y tú, en lugar de responder, te quedas un rato mirando al vacío y tratando de comprender qué impresión te ha producido. Podrías decir que sí, que te ha gustado, o que no, pero en ninguno de los dos casos estarías siendo del todo fiel a la verdad, porque el libro no admite una respuesta tan escueta ni tan clara. De ese libro diríamos que es interesante. Fantasma lo es. También es divertido, adictivo, irritante y muy, muy disfrutable, pero ninguno de esos epítetos basta para definirlo, y no nos cuesta comprender que ningún otro lo hará.  

Está concebido como una novela de «elige tu propia aventura», solo que aquí el lector, la narradora y los personajes no eligen un único camino, sino todos, absolutamente todos. Como es natural, los caminos pronto empiezan a mezclarse y a confundirse y a aparearse los unos con los otros, y el resultado es un lío de mil demonios, un nudo apelmazado y pastoso, lo suficientemente pringoso como para quedarse pegado en el techo si lo lanzamos con fuerza. ¿Habéis pensado alguna vez en lo que ocurriría si se os permitiera tomar no uno, sino todos los caminos que se abren ante vosotros a cada paso que dais? Exacto: bum. Eso es lo que ocurriría. Ya no seríais una persona, sino todas las personas posibles. Ya no viviríais en un mundo, sino en todos los mundos posibles. Seríais Dios, ni más ni menos, porque es sabido que si algo distingue a Dios de los mortales es que en él se dan cita no solo el pasado, el presente y el futuro, es decir, no solo lo que ha ocurrido, lo que ocurre y lo que ocurrirá, sino también todo lo que habría ocurrido de no haber ocurrido lo que ha ocurrido. Bum. Bum, bum. Una locura, amigos. ¿Cómo se las apaña Dios para hacer tantas cosas a la vez sin perder el norte? No lo sabemos; lo que es seguro es que nosotros pasaríamos un mal rato si nos viéramos en semejante tesitura. Pero no creáis que estas migajas de filosofía barata esclarecen ni mucho ni poco el libro de Laura Lee Bahr. Fantasma va mucho más allá, porque aquí los personajes no se limitan a vivir todas las vidas posibles; también mueren todas las muertes posibles. Sarah While, la narradora, está muerta, pobrecilla, es un fantasma, uno de esos fantasmas que se divierten encendiendo y apagando las luces de la casa, pero antes de serlo (no os preocupéis, que no estoy desvelando nada; todo esto ocurre en la primera página), antes de serlo estaba viva y murió: de tres formas distintas. Asfixiada, ahogada y desangrada. ¿Se puede morir de tres formas distintas? En el libro de Laura Lee Bahr, sí. La historia es una, pero los protagonistas son tres, y dado que cada uno de ellos vive muchas vidas…

Un momento, estoy cometiendo un error. Estoy intentando dilucidar Fantasma, algo absurdo desde cualquier punto de vista. He caído en tu trampa, Laura Lee Bahr (¿o debería llamarte Sarah While?). Sí, en tu trampa. Ahora comprendo cuál es tu juego, y no puedo permitirme jugarlo. Estás loca, eso es evidente, y has escrito este libro con la intención de contagiar a otros tu locura, aspiración máxima de cualquier loco. Sabes que el lector incauto no podrá resistir la tentación de poner orden en el desorden que es Fantasma, y sabes que quien se tome la tarea en serio terminará por fuerza perdiendo la chaveta. Buen intento, pero a mí no me has pillado desprevenido. Ya una vez en el pasado traté de desentrañar otra novela alucinatoria, la celebérrima Ubik, de Philip K. Dick, y mi pobre cabecita estuvo a punto de hacer crac. Juro que sufrí algo parecido a una alucinación. Me ocurrió poco después de terminar la novela. Una noche, mientras tomaba unas cervezas con un amigo en una terraza, recordé sin venir a cuento algunos pasajes de Ubik y creí entrever la solución a los problemas que allí se planteaban. Me enredé en una maraña de ideas cada vez más locas y poco a poco la realidad fue quebrándose a mi alrededor. Las personas que bebían en la mesa de al lado ya no eran personas y la terraza ya no era una terraza; eran otra cosa, pequeñas grietas a través de las cuales se vislumbraba la realidad, una realidad que yo contemplaba con ojos alucinados y que no comprendía y que tenía así como colorines azules o violetas y que daba mucho miedo. La crisis duró solo unos minutos, pero después de aquello me prometí cuidarme mucho de según qué libros. Y sin embargo heme aquí esforzándome en desentrañar el caos que es Fantasma. Afortunadamente he sabido frenar a tiempo, y os recomiendo que hagáis lo mismo. Lo dije al principio y lo repito: este libro es una locura, y quienes lo lean, si no están locos, lo estarán muy pronto. Gastad cuidado. Leer Fantasma es un juego peligroso, y vuestra oponente, Sarah While, es una jugadora de primera. ¿Oigo que alguien dice: «sí, bueno, pero qué es la vida al fin y al cabo sino un juego peligroso»? ¿No? ¿Nadie lo ha dicho? Pues yo lo he oído. Aquí está pasando algo raro. ¿Sarah? ¿Sarah While? ¿Eres tú? Hazme una señal si estás ahí. O mejor no me la hagas, házsela a ellos. Al listillo ese que dice que no teme a los fantasmas. Házsela a él, enséñale a jugar. 

jueves, 12 de octubre de 2017

William Saroyan, Me llamo Aram

En Me llamo Aram, William Saroyan nos cuenta, te cuenta esa fase de tu vida en la que hiciste todas esas cosas, ya sabes, todas esas cosas asombrosas que por desgracia ya no recuerdas. Haz memoria. ¿Te acuerdas de aquella vez que tu primo llamó a la ventana de tu habitación de madrugada, te despertó y te mostró algo insólito, la cosa más hermosa que habías visto en tu vida: un espléndido caballo blanco? No sabías de dónde había salido pero querías montarlo, querías montarlo y lo hiciste. Era casi de día, era de noche. Tenías nueve años. El caballo corrió y se internó en unos viñedos cercanos, corrió y saltó las cepas mientras el sol despuntaba en el horizonte, corrió y corrió y te tiró al suelo, y siguió corriendo. Sucedió hace mucho tiempo, pero tienes que acordarte. ¿Y qué me dices del profesor Derringer? De él al menos sí te acordarás. Estaba un poco enamoriscado de la odiosa miss Daffney, pero era un buen hombre. Cuando hacías una trastada y miss Daffney te mandaba a su despacho, el bueno de Derringer, en lugar de azotarte con la correa, te pedía que gritaras muy fuerte, una vez, dos veces, diez veces, para que los demás profesores, desde el pasillo, te oyeran gritar y pensaran que estabas recibiendo el castigo. Vaya, ¿tampoco de él te acuerdas? ¿Y del indio aquel, cómo se llamaba, aquel indio que llegó al pueblo montado en un burro? Pobrecillo, el burro, murió a los pocos días atropellado por el tranvía, y lo que ocurrió después, amigo, lo que ocurrió después es una de esas cosas que no se olvidan. “Locomotora 38”. Así se llamaba el indio, me acabo de acordar. ¿Es posible que no lo recuerdes? Bueno, no te preocupes, es perfectamente normal. Todo esto pertenece a tu pasado, cierto, pero no al pasado en el que estás pensado, sino a tu otro pasado, el verdadero, el que todos compartimos. Me llamo Aram narra la infancia y la primera juventud, pero no la tuya, que eres nada, ni la mía, que soy menos que nada, sino la de todos. Yo, lo confieso, tampoco la recordaba, pero entonces llegó a mis manos el libro de Saroyan y comencé a recordar, y ahora recuerdo. Léelo. Estoy seguro de que a ti te ocurrirá lo mismo.

martes, 3 de octubre de 2017

Plegaria de los likes

Dame seguidores, Señor. Dame likes.
Tengo Twitter e Instagram, tengo Facebook,
tengo un blog que actualizo diariamente
y un olfato infalible para dar like
en el lugar y el momento oportunos.
Pero no tengo likes. Los seguidores
me hurtan su cariño y su devoción,
y no me parece justo, Señor.
El mes pasado gané un seguidor,
y hay donnadies que en apenas dos horas
ganan veinte mil, cien mil, un millón.
Un niñato que se graba a sí mismo
haciendo cochinadas con las bragas
de su abuela. Dos gemelas idénticas
que publican cada día una foto
de sus nalgas, de sus pies, de sus piernas,
retando al personal a averiguar
a cuál de ellas pertenecen los miembros
en cuestión, y de paso calentándolo
un poco. Por no hablar de esa ancianita
que en sus vídeos de YouTube instruye
a doce millones de seguidores
en el delicado arte de doblar
servilletas. Has oído bien, doce
millones. Dime, ¿te parece serio?
A mí no me lo parece. Ni serio
ni justo. ¿Por qué yo no y ellos sí?
Dame seguidores, Señor. Dame likes.
Yo los merezco más que todos ellos
juntos. Soy un poeta, en mi pecho arde
el fuego inextinguible. ¿Qué son ellos?
Guapos. Solo guapos. Guapos en busca
de likes. Merecen un buen escarmiento,
y lo sabes. Muéstrales lo que sabes
hacer. Que conozcan la soledad,
que conozcan la verdad de la vida.
Ni un solo corazoncito en sus fotos
de Instagram. Pulgares abajo en todos
sus vídeos de YouTube. Arrebátales
los likes y dámelos a mí, Señor.
Alúmbrame el camino que a los followers
conduce. Regálame el impudor,
el certero instinto exhibicionista,
la fotogenia y el oportunismo.
A los millones de desconocidos
que pueblan internet dales mi rostro
para que lo admiren y lo veneren.
Y para que den like, Señor. Muchos likes.
Si supieras cuánto lo necesito
lo harías. Sacia mi sed, te lo ruego,
o si no ten al menos la bondad
de arrancarla de mi alma. Que mi pecho
no albergue anhelo de notoriedad,
que los likes y la vacua y pasajera
fama me importen un pimiento. Dame
serenidad y enséñame a gozarla.
Pero si es posible, dame mejor likes.

sábado, 5 de agosto de 2017

El desafío

Si entro en la cocina de madrugada y, al encender la luz, veo una cucaracha sobre la encimera, me asusto. Pero si, para colmo, la cucaracha no huye ni se esconde, me ofendo. Se supone que las cucarachas temen a los humanos. Somos mucho más fuertes, por el amor de dios. Si quisiera podría aplastarla con un dedo. ¡Con un dedo la destriparía si me diera la gana! ¿Por qué no huye? ¿A qué juega? ¿Qué quiere de mí?

domingo, 23 de julio de 2017

Bennett Cerf, Llamémosla Random House


Lo mejor que puede decirse de un crítico literario es que transmite amor a la lectura; lo mejor que puede decirse de un escritor es que transmite amor a la vida. Bennett Cerf fue ambas cosas. No puedo juzgar sus méritos como crítico porque no los conozco, pero puedo afirmar con rotundidad que fue un magnífico escritor. Quizá una de las razones de su éxito sea su descarado diletantismo, su forma despreocupada de abordar la escritura (la mayor parte de sus memorias ni siquiera provienen de textos escritos, sino de fragmentos de entrevistas orales). «Llamo clásicos a los que aún no hacían de la literatura un oficio», escribió Jules Renard. Es apresurado hablar de Bennett Cerf como de un clásico, pero su libro de memorias, Llamémosla Random House, tiene poco que envidiar a muchos de esos libros de los que todos hablamos admirativamente, aunque no los hayamos leído.

Bennett Cerf fue editor. Antes  de eso fue agente de bolsa, pero no dudó en mandar Wall Street a paseo en cuanto se le presentó la oportunidad de dedicarse a su verdadera vocación. Comenzó trabajando por cuenta ajena y terminó fundando una de las editoriales más importantes del siglo XX (y de lo que va de XXI), Random House. Estoy seguro de que fue un trabajador infatigable, pero también fue un perfecto exponente de esa máxima según la cual nadie llega muy lejos, por muy duro que trabaje, si no sabe compaginar el trabajo con el placer. Las frases más recurrentes del libro son las del tipo: «aquella noche celebrábamos una fiesta», «esa tarde acudimos a una fiesta en casa de». Fiestas, fiestas. Los locos años veinte, y luego, superado el pequeño bache del 29, más fiestas. ¿Y qué me dicen de sus compañeros de farra? Pillarse una borrachera con Faulkner, con Capote o con Eugene O’neill no debe de ser muy distinto a pillársela con cualquiera, pero, si sales ileso, al día siguiente tendrás un montón de jugosas anécdotas que contar. Bennett Cerf las tenía, y las contó de maravilla. Este libro es ante todo una divertidísima colección de anécdotas, muchas de las cuales tienen como protagonistas a algunos de los mejores escritores del siglo pasado. Como muestra he aquí un breve y desternillante episodio.

En una ocasión, él y su esposa tenían como invitado a Sinclair Lewis, que a la sazón era autor de Random House.  Aunque su época de mayor esplendor creativo quedaba ya muy atrás, era todo un premio Nobel y no podía ser considerado un escritor cualquiera. Pues bien, esto es lo que cuenta Bennett Cerf:

“Los tres estábamos terminando una cena tranquila en casa, y entonces llamó Bob Haas para decirnos que estaba con Bill Faulkner. Nos preguntó si nos gustaría unirnos a ellos. Estaba tan seguro de que Red (Sinclair Lewis) se mostraría encantado, que le dije que sí sin ni siquiera preguntar. Pero Red dijo:
-No, Bennet. Esta es mi noche. ¿No has sido editor el tiempo suficiente como para entender que no quiero compartirte con ningún otro autor?
            Así que tuve que llamar a Bob y excusar nuestra ausencia.
            Nos sentamos y hablamos durante un rato; luego Red, que tenía que levantarse al despuntar el alba, nos dio las buenas noches y subió a su habitación en el cuarto piso. Como era muy temprano, Phyllis y yo todavía estábamos sentados en la sala de estar, dos pisos más abajo, cuando de repente Red gritó por la escalera:
-¡¡Bennett!!
            Sentí miedo de que algo horrible le hubiera ocurrido, así que corrí hacia las escaleras y grité:
-¡Red, ¿qué sucede?!
-Nada, solo quería estar seguro de que no te habías escapado a ver a Faulkner.”

A algunos tal vez les resulte desagradable el tono festivo del libro, la alegría de vivir que exhibe sin disimulo este hombre que gozó de éxito, de fama y de dinero, pero yo encuentro refrescante cruzarme de vez en cuando con alguien que, en lugar de malgastar sus energías en quejas y lamentos, tal como hacemos casi todos, celebra haber tenido suerte en la vida. Y, sobre todo, me despierta simpatía la impúdica y jovial honestidad que destila cada página del libro. «Me gustaba pararme y mirar los carteles, me gustaba la publicidad y verme a página completa, pues me gusta ser famoso». Así se habla, Bennett.

En un pasaje del libro, el editor, rememorando a un amigo desaparecido, nos dice que cuando él estaba en una sala todo el mundo parecía más brillante. Yo puedo decir que durante el tiempo que su libro ha permanecido en mi habitación mi vida ha sido más brillante. Y más divertida. Llamémosla Random House es uno de esos libros que nos recuerdan que la lectura es lo contrario del aburrimiento. Y a esa clase de libros no es fácil estarles suficientemente agradecidos.

Es probable que muchos editores aprendan leyéndolo algunas cosas importantes sobre el negocio y sobre el trato con los escritores; es probable que muchos escritores aprendan algunas cosas sobre el negocio y sobre el trato con los editores, pero, más que para aprender, este es un libro para disfrutar, para gozar de lo lindo y olvidarse por un rato de lo importantes que son los libros, de lo importante que es la lectura y de lo importantísima (qué hartazgo, por dios) que es la literatura. Leer las memorias de Bennett Cerf es lo más parecido a comprar un litro de helado y pasar el resto de la tarde dándole lametazos. ¿Estáis leyendo un Gran Libro y se os empieza a atragantar tanta grandeza? Haceos un favor: abandonadlo durante unos días y leed Llamémosla Random House. Ensuciaos el hocico. Daos ese capricho.

miércoles, 5 de julio de 2017

Habrá valido la pena



Me han dicho que he publicado una novela. He investigado en internet y parece que es cierto. Es la primera que publico, aunque, debo reconocerlo, no es la primera que escribo: hace unos años escribí otra, pero tuve que renunciar a ella pese a que era una obra maestra absoluta. La historia es de locos. Al poco de terminarla me regalaron un libro que, imperdonablemente, aún no había leído, Los Buddenbrook, y me bastó leer unas pocas líneas para comprender que algo raro ocurría: la novela de Thomas Mann era idéntica a la mía. Coincidía palabra por palabra. Y puesto que él la había escrito más de un siglo antes que yo, me pareció sensato hacer de tripas corazón y no reclamar la autoría. Thomas Mann se llevó con justicia el mérito y el premio Nobel, pero quiero que conste que yo también escribí Los Buddenbrook. Nunca hice público el asunto ni, naturalmente, mandé mi novela a ninguna editorial; nadie me habría tomado en serio, y yo mismo, de haber oído mi historia, me habría tomado por un torpe imitador de Pierre Menard. Me sobrepuse, cogí papel y boli y pronto hube acabado una novela corta absolutamente perfecta, pero por desgracia también estaba ya escrita. Era El bello verano, de Pavese. Volví a la carga y escribí Anna Karenina y El idiota, y los cuentos de Flannery O’connor y de Roal Dahl, y las cartas de Séneca a Lucilio y los Ensayos de Montaigne y Otras inquisiciones, de Borges. Es bonito pensar que uno ha escrito algunos de sus libros preferidos, pero haber escalado cimas tan altas a edad tan temprana también tiene sus desventajas: después de eso, todo lo demás sabe a poco. Tengo razones para creer que mi nuevo libro quizá no esté a la altura de los anteriores. La sombra de tantas obras maestras pesaba demasiado mientras lo escribía, y en un intento desesperado por escribir, al fin, algo que no hubiera escrito nadie antes, me embarqué en un proyecto totalmente distinto. Si he sabido o no llevarlo a buen término, eso lo juzgará el lector. En cualquier caso, si mi nueva novela, la primera que sale a la luz bajo mi nombre, deja insatisfechos a los lectores habituales de mis grandes obras maestras, no me preocuparé demasiado. Sé de lo que soy capaz. ¡Yo escribí Los Buddenbrook! De alguien que ha llegado tan alto puede esperarse todo.


(Y ahora en serio, quiero agradecer el esfuerzo y la generosidad de Juan Ballester y de todos los que de algún modo forman parte del Premio Vuela la Cometa: Laura, Antonia, Edu, Jep, Xavi, Elisa, Marcelo, Andy, Luciano, Alberto Gimeno. Y Silvia, que ha tenido que lidiar en primera persona con mis muchas manías).

domingo, 26 de marzo de 2017

Otra revolución tecnológica



La cosa estaba calentita en los siglos XVI y XVII. El invento de un tal Gutenberg lo estaba poniendo todo patas arriba, y había quien no se lo tomaba muy bien. Hasta mediados del siglo XV todo había ido de maravilla. Los libros eran cosa de monjes, quienes los copiaban a mano. La Iglesia y su infinita sapiencia, con la generosa ayuda de la nobleza, los guiaba, y de esa forma el tráfico de la sabiduría quedaba reservado a los sabios. Pero de pronto apareció aquella máquina del demonio, la imprenta, y lo echó todo a perder. A medida que su uso se popularizaba, las letras se llenaban de advenedizos. Cualquiera se creía con derecho a poner en negro sobre blanco sus ocurrencias, y los libros impresos, impíos, blasfemos o simplemente tontos, escritos por ignorantes y leídos por ignorantes, se reproducían como chinches. La imprenta ponía fin a la era del conocimiento e inauguraba la de la estupidez. Filippo di Strata resumió elocuentemente el parecer de muchos. «El mundo ha funcionado bien durante seis mil años y no tiene por qué cambiar ahora. ¡La pluma es una virgen, la imprenta es una puta!».

La polémica adquiría en ocasiones un tono agrio, por no decir trágico (no es casualidad que a lo largo del siglo XVI se publicaran los primeros índices de libros prohibidos), aunque también había quien manifestaba sus reservas de forma más sosegada. Diego de Saavedra Fajardo, en 1625 (reproduzco el fragmento tal como lo cita Marc Fumaroli en la segunda nota a pie de página de la Introducción de su República de las letras), se lamenta así: «todos procuran sacar a la luz lo que estuviera mejor en la oscuridad, porque, como hay pocos que obren lo que merezca ser escrito, así hay pocos que escriben lo que merezca ser leído». Y en este afán por dar publicidad a lo que no merece ser hecho público, o sea, a uno mismo, «tiene mucha culpa la imprenta cuya forma clara y apacible convida a leer; no así cuando los libros manuscritos eran más difíciles y en menor número».

Hoy leemos estos viejos argumentos con otros ojos, con ojos más informados, porque sabemos todo lo bueno y lo malo que el invento de Gutenberg ha traído consigo. Sin embargo, ahora que la historia se repite experimentamos el mismo desconcierto y reproducimos con asombrosa exactitud el antiguo debate. Es comprensible: no sabemos adónde nos llevará la última (¿o ya es la penúltima?) revolución tecnológica, igual que ellos no sabían adónde les llevaba aquella. Pero, no sé, yo veo a muchos rasgándose las vestiduras, anunciando poco menos que el apocalipsis, y me pregunto: ¿qué es lo que temen? Internet, las redes sociales, la realidad virtual y todas esas cosas de las que ya nadie hablará dentro de unos años solo pueden llevarnos a un sitio: a lo nuevo y a lo mismo. Y digo bien, a un sitio, no a dos, porque lo nuevo y lo mismo son la misma cosa: lo mismo es lo nuevo dejado a secar. Desaparecerá la imprenta (o no), desaparecerán los libros y otros dioses pequeñitos ocuparán su lugar, y habrá quien piense que preferiría no vivir para no ver el mundo que se avecina, pero seguiremos vivos, y no solo veremos el nuevo mundo sino que lo amaremos, tanto como para rasgarnos las vestiduras cuando esos dioses pequeñitos, el dios doméstico que hoy es internet, se vea amenazado por un dios más fuerte, más astuto o más bestia. Y así una y otra vez, hasta que el hermoso pedrusco azul sobre el que vivimos pegue un buen petardazo y nos mande a las estrellas.

¿Quién dijo miedo? La puerta está abierta, que entre si quiere la enésima revolución tecnológica.