jueves, 20 de junio de 2013

Inn at the oaks

Hace unos días, mi primo Pepe me recordaba el capítulo de Los Soprano en el que Tony, tras recibir un disparo, cae en coma y tiene varios sueños extraños (que no siga leyendo quien no haya visto la serie). En el último de ellos, sueña que está ante la entrada de una casa en la que se celebra una fiesta. Los niños juegan en el jardín, a través de las ventanas se ven siluetas moviéndose animadamente, y del interior llega música italiana. En el porche lo espera Blundetto, que en el sueño parece ser un desconocido, algo así como el portero de la fiesta, si bien en la vida real, antes de morir, había sido primo de Tony y uno de sus mejores amigos. «Lo están esperando», dice Blundetto en tono profesional, y le explica que en el interior está toda la familia y que han venido a recibirlo. «Se va usted a casa», dice, y Tony lo mira extrañado. Al asomarse a la puerta, ve una figura que bien podría ser la de su madre, también muerta tiempo atrás. La sensación de placidez que le había embargado al llegar a aquel sitio se va ensombreciendo poco a poco. Por algún motivo, ahora Tony tiene miedo. Blundetto le insta a entrar en la casa, pero él se resiste. De pronto escucha la voz de una niña. Parece provenir de unos árboles situados a su espalda. «No te vayas, papi, te queremos». Tony trata de localizar el origen de la voz entre los árboles, pero no lo encuentra, y no podría encontrarlo por más que buscara: la voz no procede del sueño sino del exterior. Es la voz de su hija, que, a los pies de su cama en el hospital, le pide que no se muera. Tony se debate, observa los árboles sacudidos por el viento, observa la puerta de la casa, y finalmente le hace caso a su hija. No entra en la casa y despierta del coma.

Cuando mi primo me recordó la escena recibí un pequeño chispazo. Ese mismo día, por la mañana, había estado escribiendo y no había sabido resolver un pasaje bastante confuso; la escena de Los Soprano llegó como caída del cielo para ayudarme a desembrollar el enredo. Ayer, sentado al ordenador, volví a evocarla mientras escribía, y la cosa marchó de maravilla: de repente todo encajaba, todo tenía sentido, todo estaba donde tenía que estar.

Debió de ocurrir mientras yo estaba sentado al ordenador, o quizá unas horas más tarde: ayer murió en Italia, a los 51 años, James Gandolfini, ya para siempre Tony Soprano. ¿No escuchó las voces de todos los que le llamábamos desde el otro lado, o simplemente prefirió entrar en la casa, volver a casa? Sea como sea, le deseo un buen viaje. Espero que los de allá lo reciban con tanto cariño como lo recordamos los de acá.