domingo, 8 de diciembre de 2013

Black mirror


El día de hoy quedará grabado en letras de oro en mi calendario: he visto los seis primeros capítulos (los únicos que hay de momento) de Black mirror. Si todavía no los habéis visto, vedlos. Os lo pido como un favor personal. Me gustaría que pensarais en mí como en el tipo que os recomendó esa gran obra de arte, igual que yo pienso en Pepe como en el que me la recomendó a mí. Sí, sería un bonito epitafio: «les recomendó a sus amigos Black mirror. Descanse en paz.»

miércoles, 9 de octubre de 2013

Otoño

Abro al azar, como tantas otras veces, el Libro del desasosiego, y mientras lo hojeo compruebo con horror que varias páginas se han desprendido y cuelgan del lomo peligrosamente. Creo que es lo peor que me ha ocurrido en meses, y sin duda esta noche tendré pesadillas. Que a un libro de Acantilado (la editorial más selecta y más primorosa de España) se le caigan las hojas puede parecer un hecho trivial, incluso irrisorio, pero, para mí, es la prueba definitiva de que no hay esperanza.

domingo, 22 de septiembre de 2013

La lotería

No sé si os habéis fijado, pero los viejos son quienes más juegan a la lotería. Acercaos a una administración y echad un vistazo: sólo veréis viejos achacosos comprobando sus boletos, ajustándose las gafas y entrecerrando los ojos para descifrar la combinación ganadora, rellenando la Primitiva y el Euromillón y la Quiniela con una destreza asombrosa, como si hubieran hecho un cursillo preparatorio. ¿A qué viene tanta esperanza? Precisamente ellos son los que menos motivos tienen para echar la lotería. ¿Qué esperan de la riqueza? ¿En qué piensan gastarse el dinero? ¿En coches caros? La mayoría ha dejado de conducir hace tiempo. ¿En exóticos viajes alrededor del mundo? El turismo, practicado a nivel profesional, es el oficio más fatigoso que ha inventado el hombre, y no parece el más adecuado para alguien que ha llegado al límite de sus fuerzas. ¿En mujeres, en ropa de marca, en regalos, en palacios, en qué? En nada. Si les tocara la lotería no sabrían qué uso darle al dinero. Repartirían la cuarta parte entre sus hijos, meterían el resto en el banco y seguirían haciendo lo mismo que hacen a diario, lo único que a estas alturas pueden hacer: ahorrar energías. Entonces, ¿de dónde sale esa pasión senil por los juegos de azar? Quizá, incapacitados para practicar otros deportes, se entregan a la lotería como un sucedáneo liviano, poco satisfactorio en lo que se refiere al despliegue de virilidad, pero emocionante. Quizá encuentran en el pequeño y ritual desengaño semanal un reflejo de las gloriosas decepciones y las violentas derrotas del pasado. Quizá, aburridos y desocupados, tienen más tiempo para soñar que el resto de los mortales, y, poco acostumbrados a poner a trabajar la imaginación, son incapaces de soñar con nada que no sea dinero. O tal vez lo único que quieren es ganarse la atención de la gente, salir del olvido, hacer que su fortuna atraiga las miradas, aunque no sean más que miradas interesadas. Sí, probablemente es a eso a lo que aspiran, a recobrar, por medio del dinero, una dignidad que creen haber poseído en el pasado, a hacerse respetar, a inspirar miedo o envidia, cualquier cosa menos la cruel indiferencia a que se ven relegados. Aspiran, en fin, exactamente a lo mismo que todos nosotros, con la salvedad de que ellos ya se han rendido a la evidencia: han asumido que, para hacerse notar, sólo les queda el recurso de la lotería, del sucio dinero, mientras que los jóvenes aún tardaremos unos años en hacerlo.

jueves, 25 de julio de 2013

Sálvate

Contra el aburrimiento, la ruindad. Es imposible aburrirse si se está bajo el dominio de las bajas pasiones. Cuando el rencor, la envidia o los celos te corroen, puedes pasarte diez horas sin hacer nada más que rumiarlos mirando la pared, y nunca diez horas habrán pasado tan rápido. No te divertirás, pero tampoco echarás de menos la diversión. Te parecerá algo insustancial, demasiado soso, apenas un pasatiempo de viejos o de lisiados en comparación con el torbellino de emociones que a ti te arrasa. ¿Ya no encuentras placer en salir de juerga? Échate una novia muy puta que te ponga los cuernos y siéntate a esperar. No tendrás que esperar mucho: más pronto que tarde, los celos acudirán en tu ayuda. ¿Le has perdido el gusto al cine, a los libros, a la música? Pídele un favor a alguien a quien le hayas hecho muchos favores, pídele un favor gordo, y, después de escuchar su excusa, enciérrate en tu habitación y digiere sin prisa ese plato sabroso pero letal, el desagradecimiento. ¿Estás cansado de jugar al fútbol, de montarte en aviones y fotografiar catedrales, de probarte ropa en los probadores de las tiendas, de comer hamburguesas? En resumen, ¿te aburres? He aquí la solución: mézclate entre la gente y ofrécete a ellos, dales todo tu amor y sufre las consecuencias. No reprimas ninguna baja pasión, abandónate a la elocuencia de la paranoia, a la maledicencia de la envidia y a la terquedad del rencor. Sufre, sufre mucho y en silencio. Sálvate.

jueves, 20 de junio de 2013

Inn at the oaks

Hace unos días, mi primo Pepe me recordaba el capítulo de Los Soprano en el que Tony, tras recibir un disparo, cae en coma y tiene varios sueños extraños (que no siga leyendo quien no haya visto la serie). En el último de ellos, sueña que está ante la entrada de una casa en la que se celebra una fiesta. Los niños juegan en el jardín, a través de las ventanas se ven siluetas moviéndose animadamente, y del interior llega música italiana. En el porche lo espera Blundetto, que en el sueño parece ser un desconocido, algo así como el portero de la fiesta, si bien en la vida real, antes de morir, había sido primo de Tony y uno de sus mejores amigos. «Lo están esperando», dice Blundetto en tono profesional, y le explica que en el interior está toda la familia y que han venido a recibirlo. «Se va usted a casa», dice, y Tony lo mira extrañado. Al asomarse a la puerta, ve una figura que bien podría ser la de su madre, también muerta tiempo atrás. La sensación de placidez que le había embargado al llegar a aquel sitio se va ensombreciendo poco a poco. Por algún motivo, ahora Tony tiene miedo. Blundetto le insta a entrar en la casa, pero él se resiste. De pronto escucha la voz de una niña. Parece provenir de unos árboles situados a su espalda. «No te vayas, papi, te queremos». Tony trata de localizar el origen de la voz entre los árboles, pero no lo encuentra, y no podría encontrarlo por más que buscara: la voz no procede del sueño sino del exterior. Es la voz de su hija, que, a los pies de su cama en el hospital, le pide que no se muera. Tony se debate, observa los árboles sacudidos por el viento, observa la puerta de la casa, y finalmente le hace caso a su hija. No entra en la casa y despierta del coma.

Cuando mi primo me recordó la escena recibí un pequeño chispazo. Ese mismo día, por la mañana, había estado escribiendo y no había sabido resolver un pasaje bastante confuso; la escena de Los Soprano llegó como caída del cielo para ayudarme a desembrollar el enredo. Ayer, sentado al ordenador, volví a evocarla mientras escribía, y la cosa marchó de maravilla: de repente todo encajaba, todo tenía sentido, todo estaba donde tenía que estar.

Debió de ocurrir mientras yo estaba sentado al ordenador, o quizá unas horas más tarde: ayer murió en Italia, a los 51 años, James Gandolfini, ya para siempre Tony Soprano. ¿No escuchó las voces de todos los que le llamábamos desde el otro lado, o simplemente prefirió entrar en la casa, volver a casa? Sea como sea, le deseo un buen viaje. Espero que los de allá lo reciban con tanto cariño como lo recordamos los de acá.




miércoles, 24 de abril de 2013

El mapa y el territorio

Abro la libreta, paso las páginas y encuentro la dichosa nota. Se trata de una pequeña cursilada que escribí hace meses en un jardincito, después de pasarme la tarde sentado en un banco, leyendo, de espaldas al sol. Dice así: «el mejor atardecer de Málaga no está en la playa ni en la montaña, sino aquí, aquí delante, entre mis manos. Los atardeceres en el cielo se parecen demasiado unos a otros; por el contrario, es una experiencia siempre nueva observar los cambios del cielo reflejados en un libro, avanzar en la lectura mientras el sol desaparece a nuestra espalda y la luz se hace más tenue en las páginas blancas.» Es una cursilada, ya lo avisé, pero puedo asegurar que en el lugar en que está escrita, en esa libreta negra llena de ñoñerías, no desentona en absoluto. Ahí está en su elemento y se siente a salvo, igual que un cura en una iglesia; sácala de ahí y sobrevendrá el desastre.

El desastre. Es algo que conozco bien. Paso la mayor parte del tiempo solo, haciendo nada, sin más compañía que la de mis libretitas y mis pajas mentales, y cuando quedo con un amigo y charlamos y llega el momento de intercambiar anécdotas, descubro que no tengo anécdotas que ofrecer. En principio capeo el temporal refugiándome en temas circunstanciales, públicos, fácilmente compartibles, vi esta película y me gustó, qué te pareció aquella serie, etc. Pero a medida que nos emborrachamos (y tarde o temprano siempre nos emborrachamos) los dos vamos sintiendo la necesidad de hablar de nosotros mismos, y ahí empiezan los problemas. Para la mayoría de la gente, hablar de sí mismos es hablar de las cosas que les ocurren, pero si a uno no le ocurren cosas, ¿de qué habla? De lo que se le ocurre. Lo cual es un grave error, principalmente si eres de ésos a los que sólo se les ocurren cosas mientras escriben, de ésos que sólo saben pensar por escrito. Decir en voz alta lo que uno ha escrito para ser leído en silencio es como regar un zapato para que crezca, como soltarle un discurso a un semáforo para que cambie de color. Lo sé, lo he probado. Ya me ha pasado varias veces que, después de una tarde de lectura, me he encontrado con alguien y le he soltado aquello de la luz del sol cambiando en las páginas de un libro… Siempre he recibido la misma respuesta: un sonidito apenas audible («ah», o bien sencillamente: «a»), acompañado de una mirada compasiva. Y no me quejo. ¿Qué otra cosa iban a responder? ¿Qué coño puede responderse a eso? Nada. De hecho, tengo que considerarme afortunado: las pocas personas a las que se lo he dicho eran buenos amigos y gente dada a la introspección. Si llego a decírselo a cualquier otro, probablemente me habría ganado una buena colleja, o como mínimo una bofetada con el dorso de la mano, por tonto.

Con el lenguaje escrito y el hablado pasa lo mismo que con los payos y los gitanos: los dos comparten un mismo territorio (una misma gramática, una misma ciudad), pero tienen modos distintos de aprovechar sus recursos. Cuando alguien que no lee o que lee poco intenta escribir, suele trasladar al lenguaje escrito las normas y los tics del lenguaje hablado, creyendo que de ese modo le otorga naturalidad al texto; ignora que el lenguaje escrito tiene otra forma de ser natural. Escribir así suele tener resultados fatales, como cuando un gitano entra en un barrio de payos. En el extremo opuesto, cuando alguien que vive entre libros habla con personas de carne y hueso, suele trasladar al lenguaje hablado las normas y los tics del lenguaje escrito, creyendo que así es como se habla correctamente. El resultado es todavía peor, como cuando un payo entra en un barrio de gitanos. Y la cosa no mejora al invertir el proceso: si un mal lector intenta escribir literariamente, lo normal es que le salga una mierda pretenciosa cargada de palabras altisonantes, y si un lector contumaz y solitario intenta hablar como todo el mundo, lo normal es que diga un montón de chorradas en una jerga grotesca, quizá la jerga que hablaban los quinceañeros varias décadas atrás, cuando él mismo se encontraba en tan tierna edad. 

Todo esto me trae a la memoria a Lord Chesterfield, que, en una de las magníficas Cartas a su hijo, insta a su retoño a estudiar idiomas concienzudamente, aduciendo que «en una negociación entre dos hombres de igual talento, el que comprende mejor la lengua en que se desarrolla acabará siempre por llevarse la parte del león.» Es cierto. Y, añado yo, no hay lengua que no sea negociación, una larga negociación sin tregua. En el mundo del lenguaje no hay países neutrales, todo es mapa o territorio, todo es campo de batalla. Hablar es ganar o perder.

domingo, 24 de marzo de 2013

Viaje al fin de la noche


Un sábado cualquiera (hoy) de nueve de la mañana al fin de la noche: café, cereales, últimas páginas del Viaje al fin de la noche, primeras de Tala. Empieza a llover, un poco de Gracq, sigue lloviendo, cerveza. Es desesperante, dice Céline, lo defendidos que van los hombres, unos de otros. Sigue lloviendo, ginebra con tónica, Rocky Erickson. La ley, dice Céline, es el gran parque de atracciones del dolorRocky Erickson, ginebra con tónica, ginebra con tónica. Las ideas, dice Céline, nunca dan miedo. Deja de llover, ginebra con tónica. No se sube en la vida, dice Céline, se baja. Perfecto. ¡Abajo, entonces! ¡Siempre abajo! (Ginebra con tónica) ¡Y que no nos falten fuerzas para seguir bajando! ¿Hacia dónde? ¡Hacia el fondo! ¡Hacia el puto asqueroso fondo! Emily Wells, se acaba la tónica, ginebra con hielo. Buenas noches, tristeza.

domingo, 3 de marzo de 2013

Juan José Millás, Articuentos completos

Hay escritores que necesitan viajar a países exóticos para airear la imaginación. A otros les basta con viajar mentalmente al planeta Marte, a la galaxia Andrómeda, al pasado, al futuro o, a falta de otros recursos, al abismo (casi siempre aburrido) de su propias obsesiones. A Millás lo imagino viajando por el interior de su casa. Lo veo con toda claridad, como si lo tuviera ante los ojos, recorriendo en pijama las habitaciones, bolígrafo en mano, o quizás con una pequeña grabadora en el bolsillo de la bata, escudriñando los objetos en busca de alguno que le haga una seña, que le inspire el artículo que tiene que entregar en la redacción antes del viernes. De pronto se detiene frente a un enchufe. Lo mira fijamente. Al cabo de unos segundos, dice: «si tienes algo que decir, dilo ahora. No puedo perder toda la mañana contigo. ¿No dices nada? Pues peor para ti», y se marcha a la cocina, a ver si el microondas o el fregadero tienen ganas de cháchara. A veces los objetos no están a la altura de su pluma, le cuentan historias insulsas que apenas consiguen arrancarnos una sonrisa condescendiente. Otras veces nos arrancan carcajadas tan aparatosas que el libro se nos cae de las manos. En cualquier caso, nunca se agotan. La casa de Millás me recuerda a la mansión de la familia Winchester. Según se cuenta, Sarah, la viuda del conocido fabricante de rifles, heredó la maldición que había acabado con la vida de su marido y de su querida hija. Los espíritus de todos aquellos que habían muerto por las balas de los rifles Winchester clamaban venganza, y Sarah sería la siguiente en morir a menos que les construyera una casa. Sin embargo, por algún motivo, la maldición prescribía que la casa debía permanecer inacabada: en cuanto el último ladrillo fuera colocado en su sitio, los fantasmas matarían a la pobre viuda. De modo que la señora Winchester se entregó durante cuarenta años a un auténtico frenesí urbanístico, añadió puertas y ventanas en los rincones más inverosímiles, levantó escaleras que no conducían a ningún sitio, multiplicó las habitaciones y los pasillos para que los fantasmas no pudieran cumplir su venganza. Por desgracia, la artimaña, que le permitió eludir la maldición mientras vivía, a la postre fue inútil: en la actualidad, el espíritu de la propia señora Winchester está atrapado en la casa, y es de suponer que los demás fantasmas la persiguen incansablemente a lo largo de sus innumerables habitaciones. Pues bien, el libraco que acaba de publicar Seix Barral (Articuentos completos, 960 páginas) demuestra que la casa de Millás, al igual que la famosa mansión, no se acaba nunca, se expande sin cesar (no necesariamente hacia afuera, ni hacia adentro, ni hacia arriba ni hacia abajo, sino hacia otra parte), como si los muebles y los electrodomésticos se aparearan entre sí y engendraran una inagotable descendencia. Y al igual que la desdichada Sarah, el fantasma de Millás parece condenado a vagar hasta el fin de los tiempos, en pijama, por el interior de su casa, una casa que merece, junto a de los Winchester, un puesto de honor en el catálogo de las más encantadas del mundo.

martes, 15 de enero de 2013

Descanse en paz

Acabo de enterarme. No lo conocía de nada, pero la noticia de su muerte me ha dolido más que la de algunos conocidos. Gonzalo Canedo era el editor de Libros del Silencio, una de las editoriales más exquisitas y más jodidamente buenas que ha dado España en mucho tiempo. Descansa en paz, Gonzalo. Creo que voy a llorar.