domingo, 30 de diciembre de 2012

El Corte Inglés


Se acerca el día de reyes y pasa lo de siempre: los que no tienen problemas de dinero se lanzan a comprar toda clase de chorradas que nadie quiere ni necesita, pero que son caras y por lo tanto son buenos regalos, mientras que los pobres tratan de convencerse de que las cosas buenas no se compran con dinero. Yo no sé si todo puede comprarse con dinero, pero hay algo que sí sé: no todo puede comprarse en El Corte Inglés. Los que se empeñan en decir lo contrario (creo que estas navidades ya lo he oído doce veces; las pasadas conté diecisiete) demuestran una falta de imaginación y una estrechez de miras alarmantes, y ya va siendo hora de que alguien les pare los pies. Así que desde aquí os lo advierto: retaré a duelo a la próxima persona a la que se lo oiga decir, y si rehúsa convertiré su vida en un infierno. Llamaré a su casa todas las noches, de madrugada, acosaré a sus hijos en la escuela, conseguiré que lo echen del trabajo, le haré la vida imposible hasta que reconozca, de palabra y de obra (deberá darme al menos cinco ejemplos), que hay cosas que no pueden comprarse en el puto El Corte Inglés. Quedáis avisados, y el que avisa no es traidor. 

sábado, 22 de diciembre de 2012

Mis diez libros de 2012

Leo pocas novedades. No me jacto de ello, pero tampoco me avergüenzo. Me gustaría leer más novedades, igual que me gustaría leer más clásicos, más libros olvidados, más reediciones; como no puedo abarcarlo todo, prefiero sacrificar las novedades (aunque también leo algunas), y no me siento especialmente culpable por no estar al día de lo que se publica cada temporada. Esta es la selección de los libros que más me han gustado en 2012, no de 2012. Por lo demás, confieso que este año he leído muy poco; tengo la sospecha de que algunos de los libros que hubiera querido leer y no he leído habrían podido colarse en la lista y desplazar a algunos de los que están. Aunque también creo que los que están son magníficos y no desmerecen en absoluto. El orden es más o menos arbitrario.


1. Correr tras el propio sombrero, de Chesterton. Definitivamente, el Chesterton que más me gusta es el ensayista. No sé si he leído todos los ensayos de este libro (estoy casi seguro de que no), pero tampoco quiero saberlo. Normalmente, cuando leo un libro de ensayos o de cuentos, de textos aislados, voy señalando en el índice los que ya he leído para no volver a leerlos. A veces, claro, leo uno y se me olvida anotarlo, y luego, cuando empiezo a leerlo de nuevo, me doy cuenta de que ya lo he leído y lo abandono. Con este libro, sin embargo, he renunciado a señalar (a descartar) los ensayos ya leídos, porque no me canso de releerlos. Cada vez que tropiezo con uno de los que he olvidado señalar, en lugar de apresurarme a pasar al siguiente, me siento tan hechizado como la primera vez y no puedo evitar leerlo de nuevo hasta el final, saboreando el rencuentro con el humor incomparable de Chesterton y con su incomparable forma de argumentar, que se parece tan poco a la argumentación silogística clásica como a la estúpida concatenación de fanfarronadas contemporánea. Chesteron no se parece ni a Kant ni a Derrida, sino a un niño que tira piedras sobre un tejado, o al lagarto Jesuscristo o lagarto de Dios (también llamado basilisco), que es capaz de correr sobre el agua, o, en fin, a cualquiera de esos vejetes a los que puede verse correr tras su propio sombrero en los días ventosos. Si hay un escritor al que nunca hay que dejar de leer, ese es Chesterton (sin contar a Montaigne, por supuesto).


2. El adversario, de Emmanuel Carrère. Ya hablé de este libro aquí. No tengo nada que añadir.


3. En busca del barón Corvo, de A. J. A. Symons. ¿Qué decir de este libro? No es sólo que reúna lo mejor del género epistolar, de la sátira, la hagiografía, el libro de memorias, el ensayo, el panfleto y la novela psicológica, picaresca, de aventuras, literaria, histórica, policíaca, religiosa, social, cómica, dramática y costumbrista. No es sólo eso, no. ¿Qué más es, entonces? Mucho, muchísimo más. Todos los que estéis interesados en las cacareadas relaciones entre genio y locura debéis leer este libro. Todos los que disfrutéis siguiendo las aventuras de un personaje desgarrado debéis leer este libro. Todos los que os riáis con el mejor humor inglés debéis leer este libro. Todos los que apreciéis la escritura amable y sin boato de un autor inteligentísimo debéis leer este libro. Todos, salvo los que no busquéis en la literatura más de lo que puede encontrarse en cualquier serie de televisión, debéis leer este libro. 



4. Knockemstiff, de Donald Ray Pollock. No nos engañemos: pese a Sade y sus epígonos, pese a Bukowski y sus imitadores, hay pocos libros de los que pueda decirse que son verdaderamente salvajes. Este es uno de ellos.


5. El teatro de Sabbath, de Philip Roth. He aquí un libro que representa a la perfección el misterio de la creación literaria (habéis oído bien: el misterio de la creación literaria. ¿A alguien le incomoda el tono pomposo? ¡Pues que no siga leyendo!) ¿Qué coño es escribir? Escribir es sentarse cada mañana ante el escritorio y pulir durante horas, con una paciencia de alquimista o de relojero, una materia que no es sólida ni líquida ni gaseosa, pero que está dura como el acero (la muy puñetera se resiste) y que es frágil como la tiza: el menor movimiento en falso basta para hacerla desmoronarse. No me cabe la menor duda de que así es como el señor Roth escribió El Teatro de Sabbath, pero, al mismo tiempo, no me entra en la cabeza que un libro semejante pueda escribirse de ese modo, es decir, que pueda escribirse, sin más. ¿Se desliza un huracán por la llanura? No, un huracán arrasa la llanura. ¿Cruza la pradera una estampida de ñus? No, la devasta. A mí no me sorprendería escuchar que, en un rapto de furia, concentrando todas sus fuerzas y sudando como un pollo asado, Philip Roth escupió o exhaló esta novela, o incluso que la parió o la cagó o la eyaculó, acompañada de toda clase de vísceras, pero me resulta incomprensible que la escribiera poquito a poco, en su escritorio, quizá en alpargatas y con una taza de café al alcance de la mano. ¿Cuánto tardó en escribirla, un año? ¿Quién podría soportar el esfuerzo de pasarse un año entero cagando o eyaculando durante horas todas las mañanas? ¿Qué es escribir, pregunto? ¡Qué coño es eso de escribir!


6. Natalia Ginzburg, en general. No he leído mucho de ella, pero sus ensayos son un alto en el camino, un lugar tranquilo en el que detenerse a charlar con un amigo, el remanso en el que, si fuéramos vacas, nos pararíamos a pastar hierba buena y suavecita, libre de cardos, o quizás con alguna que otra espinita escondida aquí y allá (cuando quiere, la Ginzburg sabe gastar mala leche), pero en cualquier caso nutritiva y agradable al paladar. De sus novelas, sólo he leído una muy corta (Las palabras de la noche); poco, sin duda, pero suficiente para saber que las leeré todas.


7. Benjamin Black, también en general. (Y ahora voy a extenderme). Yo creo que la alta estima de la que hoy goza la novela policial se debe a la democratización de la literatura y a la consiguiente decadencia de las clases letradas. Hasta no hace mucho, la minoría culta estudiaba a Leibniz o a Santo Tomás o a Darwin, y leía novelas para distraerse. Las novelas eran un pasatiempo poco instructivo pero más o menos digno (y digo más o menos, porque en sus inicios se las tenía por una absoluta pérdida de tiempo). La alfabetización del vulgo, sin embargo, contribuyó a elevar su estatus y favoreció la proliferación de géneros narrativos menos dignos, entre los que destaca la tardía novela policial. Desde sus inicios hubo intelectuales que confesaban leerlas, quizá con un puntito de soberbia, si bien se daba por supuesto que reservaban sus mejores neuronas para otros menesteres. Pero la cosa fue a más, o a menos, según se mire: a medida que aumentaba el número de gente con estudios, tenía por fuerza que bajarse el baremo para que todos entraran en el club de la élite cultural. Ya no se les exigía el tesón imprescindible para descifrar a Aristóteles, sino sólo la mínima constancia necesaria para leer novelas. Los nuevos intelectuales, ni que decir tiene, agradecieron que se les librara de tan penoso esfuerzo y se limitaron a hacer lo mínimo que se les pedía, leer novelas, y no es de extrañar que esta tarea, que antes había sido una simple distracción, pasara rápidamente a ser considerada un trabajo agotador y trascendental. Privados de su tradicional pasatiempo, o, más bien, aplastados por él, los hombres doctos necesitaban jueguecitos más livianos con los que entretenerse en sus ratos de ocio. El cine y la tele se ofrecieron abnegadamente a ocupar ese puesto ingrato. Como era de esperar, los intelectuales vieron (o no lo vieron) cómo sus neuronas se reblandecían y cómo su materia gris adquiría el preocupante tono verdoso que suele acompañar al enmohecimiento. Ahora, las gente culta cree que Santo Tomás fue un personaje de la Biblia y Aristóteles un dios o un héroe de la mitología griega, como Hiperión (¿quién era Hiperión?) o Zeus (ah, ese sí me suena). Para los nuevos intelectuales, leer novelas (¡incluso las más vulgares de todas, las novelas policiales!) es un trabajo costosísimo y solemne, casi sagrado, que les hace acreedores de la veneración del populacho y de todas las becas y subvenciones del mundo. Es patético, pero supongo que, descartados Leibniz y Darwin, descartado todo lo que exija verdadero esfuerzo, debemos agradecer que aún se tomen la molestia de leer algo, aunque sólo sean novelas policiales; dentro de poco (si es que no está ocurriendo ya) se limitarán a ver películas de los Coen y series de la HBO, y descansarán de tan duro trabajo viendo porno en internet y programas del corazón en la tele. En fin. Volviendo al tema principal, me gustaría saber si a vosotros no os ha pasado que habéis leído a Chandler o a Hammett o a Simenon y habéis pensado: ¿esto es todo? ¿Esto se supone que es un clásico de la literatura contemporánea, lo mejorcito de la novela policial (o negra, o detectivesca, o... añadan los forofos todos los distingos o matices que quieran)? ¡No me lo creo, no me creo que esto sea todo! Pues bien, no lo es. Por suerte, algunos buenos escritores han decidido aprovechar el tirón comercial de la literatura policíaca para escribir buenas novelas policíacas. Eso sí, quede claro que no dejan de ser un mero entretenimiento: el lector de Benjamin Black, en tanto que lector de Benjamin Black, es un simple lector, no un intelectual (y ni muchísimo menos un sabio). Por otro lado, lo digo desde ya: Benjamin Black (John Banville) me cae gordísimo, me parece un pedante insoportable, pero sus libros son las mejores novelas policiales que he leído.


8. Atando cabos, de Annie Proulx. Me redimo del tocho anterior con un comentario escueto y convencionalísimo: Atando cabos es una novela tierna y cruel, formalmente atrevida, fresquísima y muy triste. ¿Os parece que son pocos piropos? Si la leéis comprobaréis que no son pocos, sino poquísimos.


9. El mundo según Garp, de John Irving. La palabra es entrañable. La palabra es divertida. La palabra es trepidante. La palabra es (¿la he dicho ya?) entrañable. El mundo según Garp ha vendido no sé cuántos millones de ejemplares; es, por tanto, uno de esos libros de los que algunos dicen desdeñosamente que son para todos los públicos. Pues bien, yo creo que no lo es. Sin ir más lejos, no es un libro para los lectores revenidos que hablan desdeñosamente, sin haberle dado una oportunidad y atendiendo sólo a las cifras de ventas, de libros para todos los públicos. Desde luego que no es un libro para ellos. Y, la verdad, me alegro de que no lo sea y de que se priven a sí mismos de leerlo. No sería justo que disfrutaran de él. No se lo merecen.


10. Last but not least… ¡El Diario de Ana Frank! ¿Cómo? ¿Perdón? ¿Es una broma? No, ni mucho menos. El Diario de Ana Frank es uno de esos (cientos de) libros que uno da por leídos sin haberlos leído, hasta que un día se descubre a sí mismo pasando las páginas y preguntándose cómo ha podido eludirlo durante tanto tiempo. Si alguno de vosotros tuvo la mala suerte de verse obligado a leerlo en el colegio y lo leyó con desgana, con aversión, os ruego que os hagáis un favor y lo leáis de nuevo, libremente. Quizás algunas novelas me han emocionado tanto como el diario de esta niña formidable, pero ninguna me ha emocionado más.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Crítica literaria (2)

Suele pensarse que la crítica literaria es un género menor, quizá incluso perverso, la madriguera a la que se retiran los novelistas frustrados a lamerse las heridas, o la trinchera desde la que se dedican a adular a sus amigos y a conspirar contra sus enemigos. Un rápido vistazo a los suplementos culturales de El País o de El Mundo, a algunas revistas especializadas (así se hacen llamar) o a la gran mayoría de los blogs de reseñas bastaría para confirmar esta idea. Si los novelistas, según Gabriel Ferrater (la cita es de Félix de Azúa) son poetas que quieren ganar dinero, los críticos serían el siguiente paso en la escala de la degradación: novelistas fracasados que, a falta de talento para hacer dinero, se centran en ganarse la amistad o la indulgencia de los verdaderos novelistas. Sin embargo, y a pesar de El Cultural, de Babelia y de Qué leer, yo creo que la crítica literaria no es un género menor sino todo lo contrario. Es un arte exclusivo, elitista, más cercano a la poesía que a la narrativa, y no deja de serlo porque lo practiquen muchos advenedizos, del mismo modo que el oro no deja de ser oro por muchas pulseras de latón que se fabriquen. Como la poesía, la crítica literaria exige una brillantez de la que la narrativa puede prescindir a veces. Son legión los narradores que, pese a carecer de verdadero talento y ser incapaces de inspirar grandes emociones o reflexiones interesantes, saben engarzar anécdotas de forma que, al leerlas, no tengamos la sensación de haber perdido el tiempo, o de haberlo perdido de un modo más absurdo que de costumbre. En cambio, es imposible leer un suplemento cultural durante más de cinco minutos sin preguntarse por qué la mayoría de los países civilizados ha suprimido la pena de muerte, por qué, dios mío, por qué somos libres de leer esa mierda pero no de matar a quien la ha escrito. Muchos narradores de tercera fila son capaces de convertir un chascarrillo en una novela más o menos pasable, pero sólo unos pocos genios (pienso en Borges, en Steiner, en Chesterton, en Virginia Woolf, en Magris o en Alfonso Reyes) son capaces de convertir la crítica literaria en literatura, igual que sólo unos pocos saben convertir las sensaciones en poesía. 

jueves, 29 de noviembre de 2012

Crítica literaria (1)

Harold Bloom tiene de vez en cuando alguna idea brillante, pero el verdadero motivo por el que lo leemos es el mismo que nos hace buscar en internet el ranking de los actores mejor pagados o el de los mejores goles del año. En Bloom encontramos nuestra misma manía mitificadora, nuestro mismo gusto por endiosar lo que nos agrada y denigrar lo que nos desagrada, nuestra misma fe en las listas, en los pódiums, en los catálogos. Leyéndolo aprendemos que Shakespeare es el mayor psicólogo de todos los tiempos y el menos solipsista de los grandes autores, mientras que Tolstoi es el mayor de todos, aprendemos que Whitman es el mejor poeta americano, que Salinger es un buen cuentista, aunque no puede compararse con Fitzgerald, que Carver tampoco está mal, si bien es poca cosa en comparación con D. H. Lawrence o Hemingway, que Samuel Johnson es el mejor crítico de la historia, etc. El placer que sienten los admiradores de Whitman o de Shakespeare al leer a Bloom es casi idéntico al que sienten los admiradores de Messi cada vez que le dan el balón de oro. La gran diferencia (concedo que, en algunos casos, no es la única) es que los primeros creen que el simple hecho de haber optado por esa forma particular de adoración, la adoración literaria, los convierte en semidioses, como si Shakespeare y Whitman, Harold Bloom mediante, les hicieran partícipes de su divinidad, mientras que los segundos suelen dar por sentado que el único dios es Messi, si acaso Xavi o Iniesta, y que su papel se limita a adorarlos.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Un hombre recién llegado de Petersburgo



A medida que pasan los años me abandonan las emociones fuertes; las pequeñas, por el contrario, se multiplican, aprovechan cualquier excusa para asaltarme, como si supieran que en sí mismas no son gran cosa y quisieran paliar la escasez de aquéllas por acumulación. Hace tiempo que no me posee el demonio de los celos, hace tiempo que no siento una admiración verdaderamente incondicional, un deseo verdaderamente irrefrenable o una envidia verdaderamente enfermiza; hace tiempo que no siento gratitud, ni  piedad, ni (casi) miedo; hace tiempo que no me siento capaz de morir por nadie. En cambio, me sorprendo a menudo dejándome herir por minucias. Hoy, por ejemplo, he estado a punto de echarme a llorar al hojear por enésima vez Los hermanos Karamazov y tropezar con la siguiente frase: «un hombre recién llegado de Petersburgo.» Sólo eso: un hombre recién llegado de Petersburgo. Sé que es una frase insignificante, pero, al leerla, no sé, he pensado que de algún modo resume o condensa o anula toda mi vida y que debo dedicar el resto de mis días a profundizar en ella. He pensado que Un hombre recién llegado de Petersburgo merece ser el título de una larga novela, un novelón interminable y a la postre inconcluso, que absorba mis energías durante treinta años y me haga morir de agotamiento y me acompañe a la tumba. He pensado en mi cadáver, bajo tierra, pudriéndose lentamente junto al gran fajo de folios amarillentos, dejándose devorar por los gusanos y asintiendo en silencio mientras el fantasma de un hombre, un hombre recién llegado de Petersburgo, le cuenta al oído cómo acaba mi novela, su novela.

viernes, 19 de octubre de 2012

El mono (leyendo a Kafka a las ocho de la mañana, con una lata de cerveza en la mano)


Nadie pretende negarlo. Los hechos son incontestables y nadie los niega. A K. le encargaron amaestrar a un mono; dos semanas más tarde se volvió loco y tuvo que ser ingresado en el manicomio. Se lo encargaron a G., y le ocurrió lo mismo. Y lo mismo les ocurrió a J., a M. y a otros veinte amaestradores. Esos son los hechos y yo no los niego. Ahora bien, debemos ser cautelosos a la hora de extraer conclusiones. En principio, sería fácil inferir que la causa de su locura está relacionada con el mono. Pero nada nos asegura que no hubieran acabado volviéndose locos igualmente, aun no habiéndolo conocido jamás. Es un hecho probado, y ustedes no lo negarán, que muchos de los presos del manicomio (la mayoría, me atrevería a decir) nunca han tenido trato con el mono, y por tanto no puede decirse de ningún modo que el mono sea culpable de su locura. Sin embargo, y les ruego que ahora presten atención, si antes de ingresar en el manicomio, o antes de enloquecer, alguna de estas personas hubiera sido contratada para amaestrar al mono, hoy ustedes lo señalarían como causante de la locura de esos desdichados, cuando es claro que su locura no guarda ninguna relación con él, puesto que acabó desarrollándose sin su intervención. Por otro lado, esto no prueba que el mono no tenga nada que ver con la locura de K., de G., de J., de M. y de los otros veinte amaestradores. No lo prueba y yo no lo niego, ¿lo oyen? ¡No lo niego! Pero, en rigor, la locura de los amaestradores tampoco prueba que el trato frecuente con el mono cause locura. No es mi intención, señores y señoras del jurado, tomar partido a favor del acusado. Si he de serles sincero, también yo lo aborrezco. Nada me gustaría más que ver cómo le arrancan uno a uno todos los dientes, cómo le cortan la lengua y le borran esa estúpida sonrisa de los labios. Pero debo recordarles que el mono se encuentra aquí hoy voluntariamente. Comparece ante nosotros por propia voluntad, para ser juzgado según las leyes y costumbres de nuestro pueblo. No me parece justo, pues, tratarlo ignominiosamente y negarle la presunción de inocencia, que nuestras leyes y costumbres amparan. Esto es todo lo que quería decir. Ahora, con su permiso, le cedo la palabra al mono.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Vocación tardía


Dos de los dioses mayores de internet, google y youtube, han jugueteado conmigo durante un par de horas, llevándome de acá para allá, obligándome a leer toda clase de mierda y a ver vídeos supuestamente divertidos sobre gatitos que se peinan los bigotes o perros que persiguen su propia cola; cuando les ha parecido que ya se habían divertido suficiente, los dos dioses juguetones me han hecho llegar a mi destino. Doy gracias por haber descubierto al fin mi verdadera vocación, que no es otra que mirar en youtube los mejores momentos de Factor X. Nunca lo habría sospechado, pero esas audiciones pueden ser tan emocionantes como una buena película, y mucho más imprevisibles. Primero el aspirante a famoso nos cuenta por qué está allí, le vemos morderse las uñas mientras los miembros del jurado lo cosen a preguntas, le vemos responder con desparpajo o con humildad o con timidez; descubrimos que es introvertido o graciosete o un auténtico gilipollas. El preámbulo es necesario; de otro modo no podría ganarse nuestro cariño o nuestra antipatía, y es eso, la relación emocional que establecemos con él, lo que le da a la experiencia la fuerza que sin duda tiene. Después empieza a sonar la música y aguardamos con expectación el momento en que el aspirante abra la boquita y nos muestre de qué es capaz. Y luego, mientras canta, lo oímos con verdadera ansiedad, pidiéndole al cielo que no la cague, que no pegue un resbalón o se le vaya la voz en el estribillo. Hay de todo, hay finales felices y finales tristes. Hay idiotas engreídos que nos sobrecogen al primer gorgorito y hay gente lindísima que lo intenta y lo intenta y no termina de arrancarse y sufre y llora y nos hace llorar. Es hermoso. Dios, cómo amo a Rebecca Ferguson.











martes, 7 de agosto de 2012

La frase

No era muy tarde pero habíamos bebido bastante. Javi en un sofá, yo en el otro, y los restos de la cena sobre la mesa. La lamparilla esquinera apuntaba al techo y nos sumía en una agradable penumbra. Javi fue a por más cerveza, yo me levanté y me asomé al balcón. En la acera, diez pisos abajo, las personitas parecían chicles aplastados. Al fondo de la calle, tras los bloques de viviendas, estaban la playa y el mar, muy quietos, y a mí me pareció que eso era bueno. Creo que chillaban las gaviotas a lo lejos. Regresé a mi sofá y Javi regresó al suyo. Nos llevamos los vasos a la boca y dimos un largo sorbo. Fue entonces cuando alguien, no recuerdo quién, dijo la frase: leer es follar y escribir es correrse.

jueves, 19 de julio de 2012

¿Por qué no te callas?

Hay gente que sabe callar y hay gente que sabe callarse. Los primeros suelen ser sabios o santos; los segundos pueden ser perfectamente estúpidos, pero es una bendición tenerlos como amigos.

miércoles, 11 de julio de 2012

Emmanuel Carrère, El adversario

A veces, al leer un libro, tenemos la impresión de que sólo nosotros podemos comprenderlo. Observamos nuestras propias peripecias protagonizadas por otro, por un personaje más o menos ficticio, y casi compadecemos al escritor que ha narrado nuestra historia por azar, quizá hábilmente, quizá con auténtica maestría, pero, en cualquier caso, ignorando su verdadero sentido. Para que ocurra algo así debe tratarse de un personaje único, cuyas aventuras coincidan con las nuestras sin matices. Lo contrario, identificarse en líneas generales con un personaje arquetípico, es algo tan corriente como el agua corriente y lo experimentamos por igual, y a diario, los consumidores de literatura, de cine, de televisión, de música. Es a lo que nos referimos cuando decimos reconocernos en un personaje. La experiencia que estoy intentando describir, en cambio, es menos intelectual o moral que física: más que sentirse reconocido en alguien, consiste en darse de bruces contra alguien, alguien tan duro y compacto como pueda serlo un cuerpo humano y que no sólo se nos parece, no sólo es idéntico a nosotros, sino que es, en todos los sentidos, nosotros. Seguramente os haya pasado alguna vez; a mí me pasó hace tres meses, al leer un libro que desde entonces no ha hecho más que crecer en mi memoria, en mi alma o donde quiera que vayan a parar los libros que uno lee. Los demás suelo olvidarlos al cabo de unos días; de este aún conservo un recuerdo nítido, dolorosísimo. Se trata de El adversario, de Emmanuel Carrère. No sé si es un buen libro (no sé hasta qué punto puede parecérselo a quien lo lea desde fuera, al lector que no sea al mismo tiempo protagonista), y por eso no me atrevería a recomendarlo. Sí sé que para mí ha sido una herida desgarradora y que tardaré en restañarla. El adversario soy yo (y yo).

lunes, 9 de julio de 2012

Rezar

Leo en un párrafo de Los hermanos Karamazov que las iglesias viejas y pobres son las mejores para rezar, y de repente caigo en la cuenta de que Dostoievski rezaba. Sí, sin duda rezaba, pero me resulta difícil imaginarlo. Me resulta fácil imaginar el momento en que empieza a rezar, pero, al pensarla, la escena se convierte en algo totalmente distinto: en lugar de ver al buen Fiódor pidiéndole perdón a Dios con la cabeza gacha o rogándole humildemente algún favorcillo, lo imagino gritándole. De vez en cuando se exalta y le enseña el puño al crucifijo que preside el altar de la iglesia vieja y pobre; al darse cuenta de lo que está haciendo baja el puño y corre a besuquearlo, se reprende a sí mismo y se tira de los pelos en señal de castigo. Se arranca cuatro mechones bien gordos y eso lo tranquiliza, pero enseguida vuelve a excitarse y la emprende de nuevo con el crucifijo, que, confuso y un poco avergonzado, se pregunta por qué los hombres que más Lo aman están todos tan locos. ¿No sería preferible, piensa, ganarse la devoción de los profesores universitarios, que nunca alzan la voz ni profieren amenazas, o de los presentadores del telediario, que poseen el don de la empatía cósmica y a los que sólo es posible imaginar rezando sosegadamente, las manos cruzadas a la altura del pecho, la expresión condolida y afable? ¿No es ésa la clase de amor que Él merece, un amor digno, honorable, y no el amor furioso de un loco babeante como Dostoievski? Eso se pregunta el crucifijo mientras el  buen Fiódor le enseña el puño. Yo también me lo pregunto.

lunes, 2 de julio de 2012

El sustento

Las analogías, las metáforas, los tropos en general son algo así como el sustento del pensamiento, la tierra donde arraiga y el suelo firme donde se para a descansar. Son también su mejor abono (de ahí que a veces desprendan ese tufillo a estiércol), su sal con tequila, su canita al aire. Sin embargo, no son en sí pensamiento. El más grande hacedor de metáforas no deja de ser un niño que ha aprendido a jugar con la comida sin estropearla, pero que sigue sin comprender absolutamente nada.

domingo, 1 de julio de 2012

La grandeza

Los grandes artistas, los grandes políticos, militares, deportistas o filósofos pueden quedarse calvos, pero los grandes hombres envejecen sin perder un solo pelo de la cabeza.

Otra vuelta de tuerca

De acuerdo, cierro el blog. Y ahora me pregunto: ¿qué va a ser de todos esos apuntes que borroneo a diario en la libreta de turno, qué va a ser de esa calderilla literaria que es mi pan duro de cada día? Porque eso es lo que son esos apuntes, calderilla, y ya se sabe lo que pasa con la calderilla: por vergüenza, por no abrumar a la hermosa cajera del supermercado con un montón de moneditas, dejamos que se acumulen en los bolsillos, dejamos que se pierdan entre los cojines del sofá o bajo la cama, y al cabo de unos meses aparecen convertidas en verrugas verdes, foco de enfermedades y delicia de cucarachas. ¿No venía precisamente de ahí la idea de escribir un blog, de la necesidad de dar salida a toda esa morralla? Sí. Entonces, ¿qué ha pasado? No sé, supongo que la cosa se me fue de las manos. En algún momento empecé a imponerme normas estúpidas. Por ejemplo: no debía, como hacen casi todos los blogueros, escribir por escribir, no debía publicar ningún texto que no fuera más o menos redondo, no debía publicar meros fragmentos de fragmentos de ideas, ni aforismos, ni reseñas, ni nada que pudiera interesarle únicamente a los letraheridos. Debía ceñirme estrictamente a ese tono desenfadado que ha colonizado internet, no debía escribir demasiado mal, ni demasiado bien, y, en fin, lo de siempre: debía escribir de manera que el lector se formara de mí una opinión mejor de la que merezco. Naturalmente, era imposible cumplir todas esas condiciones y seguir escribiendo espontáneamente, entre otras cosas porque todas esas naderías, los fragmentos inarticulados y las divagaciones literarias, son lo que realmente me apasiona, el pan duro que roo a diario y que ha reducido mis dientes a esquirlas diminutas, pero afiladas. Todo eso soy yo, y abandonarlo en favor de algo más elaborado o más democrático es hacerme violencia a mí mismo. Así las cosas, no es de extrañar que el blog acabara convirtiéndose en una carga, que terminara dejándolo de lado y que incluso lo expoliara (retiré sin compasión las entradas a las que podía sacarle algún provecho, y supongo que seguiré haciéndolo). El problema es que las libretas siguen ahí, creciendo día a día y pudriéndose (pudriéndome) lentamente. Casi nada de lo que hay en ellas podía publicarse en el blog tal como lo venía concibiendo. Mi error fue cambiar mi modo de escribir para adaptarlo a la idea que me había formado del blog, en vez de hacer lo contrario. Por suerte, aún estoy a tiempo de enmendarme. A partir de ahora, aquí cabe todo, absolutamente todo. Y para demostrarlo, ahí va una profundísima reflexión sobre la alopecia.

jueves, 24 de mayo de 2012

¡No estoy muerto!

Pero me temo que el blog sí. Ni las fuerzas ni el talento me dan para llevarlo todo adelante, y prefiero abandonar el blog a cualquiera de mis otras aficiones: hacer la colada, fregar los platos, escribir un cuento de vez en cuando. Ojo, nadie vaya a creer que mi vida es aburrida. También saco la basura casi todas las noches (a altas horas de la madrugada, a la hora de las ratas…), y una vez por semana hago un poco de vida social en el supermercado, donde intercambio abrasadoras miradas con las cajeras. Por si fuera poco, hace un mes se instaló en mi armario una criatura, una pequeña y oscura criatura con dos ojos azules que brillan en la oscuridad. Me basta pensar en ella, saber que está ahí, para no sentirme solo. Antes necesitaba escribir en el blog y leer los emails y comentarios de mis admiradores, que se cuentan miles, por cientos de miles, y están repartidos por todo el planeta; ahora la tengo a ella, a mi criatura. No me quiere, pero me observa. No la quiero, pero la temo. A su manera es una relación muy intensa. Puede que el día de mañana me abandone o la mate, y quizá entonces vuelva a sentirme solo y os necesite. Entretanto, tendréis que acostumbraros a vivir sin mí. Será duro, lo sé, pero debéis hacer un esfuerzo. Yo, por mi parte, tendré que aprender a vivir sin vuestra presencia muda, sin vuestra atenta y cariñosa vigilancia. Ya os echo de menos.

jueves, 29 de marzo de 2012

Somebody That I Used to Know

Acabo de encontrar esta canción en el magnífico blog de Ben Clark. Quien la escuche entera y diga que en ningún momento se le ha puesto la piel de gallina MIENTE.


miércoles, 7 de marzo de 2012

Primo Levi, El oficio ajeno

Observo con recelo y con profundo alivio que poco a poco mis inquietudes van perdiendo consistencia, se encogen y se arrugan, hasta el punto de que en los últimos tiempos han quedado reducidas a inquietudes literarias, lo cual habla muy mal de la calidad de mis inquietudes y muy bien de mi salud espiritual. Podemos estar seguros de que los dioses nos aman cuando empezamos a tomarnos en serio los problemas de la escritura (forma y contenido, expresión y significado): no lo haríamos si tuviéramos verdaderos problemas. Dicho esto, he de aclarar que siempre me han parecido perfectamente idiotas (y me lo siguen pareciendo) los esfuerzos de los escritores y de los teóricos de la literatura por imponer una forma de escritura particular. Hay que rehuir los vulgarismos, dicen unos; hay que rehuir los cultismos, dicen otros. Al lector hay que ofrecerle las frases limpias, dicen unos, como el pescado, sin escamas ni espinas, de modo que pueda metérselas en la boca con toda tranquilidad, sabiendo que lo entenderá todo a la primera y que no se llevará sorpresas desagradables; el lenguaje hay que abrirlo al sinsentido, dicen otros, o a los sentidos más inesperados, llevarlo al límite, retorcerlo, exprimirlo como un bayeta y sacarle todo el jugo, aunque el jugo resulte ser poco más que agua sucia. Hay que escribir difícil, fácil, claro, oscuro, mucho, poco. Hay que escribir con el corazón, con la cabeza, con las entrañas, con las manos, con los pies, con un ojo, con el otro, con los pelos, con sangre. En cualquier caso, vienen a decir todos los que se enfangan en estas ridículas peleas de niños, hay que escribir como yo, o como a mí me gustaría escribir si tuviera algún talento.

No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que quien así habla es idiota o idiota, o ambas cosas. Y no creo que yo sea una excepción. Soy un idiota feliz, en los últimos dos meses he gastado tres libretas en las que he escrito únicamente sobre estos asuntos. Sin embargo, por más que escribo tengo siempre la impresión, al releer mis notas, de que ninguna llega a nada que se parezca a una conclusión, y de que la conclusión a la que llegan es partidista, interesada. ¿Cómo, no había dicho que no llegan a ninguna conclusión? Sí. ¿Entonces? No sé, es raro. ¿Nunca os ha pasado que alguien a quien no habéis visto jamás, y que quizás no existe, os parece feo? ¿O que le cogéis cariño o asco a un recuerdo muy vívido, aunque no sois capaces de precisar a qué época se remonta, ni a qué objeto se refiere, ni si se corresponde con algo que realmente habéis vivido? Pues es algo parecido. Un filósofo francés tal vez aprovecharía este párrafo para introducir una irritante y hermosa divagación sobre la ausencia y la presencia, sobre la ausencia de la presencia o la presencia de la ausencia, pero yo no soy filósofo ni soy francés, así que más me vale estarme calladito. En cualquier caso, tengo que reconocer que a veces sí creo haber encontrado las palabras exactas, la solución al importantísimo problema que los dioses me permiten tomarme en serio: cómo escribir. Ocurre siempre mientras leo un libro, y, cosa curiosa, las palabras, la palabras exactas, las palabras que resuelven el enigma, coinciden casualmente con las que encuentro en el libro, aunque no por eso dejo de tener la certeza (creo que Proust hablaba de esto en algún sitio) de que el descubrimiento me pertenece a mí por entero. Qué bien, me digo en esos momentos, Noséquién está de acuerdo conmigo, piensa lo mismo que yo. Alguien podría observar que en realidad soy yo el que, después de haberlo leído, pienso igual que él, y no cabe duda de que es así, pero no por ello me abandona la sensación de haber perpetrado una hazaña. Es verdad que yo no he conseguido escribir, es decir, pensar esas palabras, pero si las reconozco como mías de un modo tan vivo es porque, sin duda, estaban dentro de mí y habría acabado dando con ellas. El razonamiento puede parecer rebuscado, ¿pero quién no es rebuscado a la hora de salvar el propio ego? Además, por más rebuscada que sea, encuentro envidiable esta capacidad de autoengaño y no la cambiaría por la más refinada lucidez. Para sentirme un genio no necesito escribir ninguna genialidad, me basta con leerla y creer que podría haberla escrito yo. Y eso es exactamente lo que me ha pasado hace diez minutos, mientras leía «Sobre el escribir oscuro», un ensayo de Primo Levi incluido en el libro El oficio ajeno, publicado por El Aleph. El ensayo empieza diciendo, como debe ser, que cada cual es libre de escribir como quiera, que «jamás se debería imponer límite o regla alguna a la escritura creativa», y sólo tarda un párrafo en contradecirse (como debe ser), al afirmar que «no se debería escribir de modo oscuro.» Después Primo Levi se limita a exponer al dedillo mis pensamientos, con los que parece estar totalmente de acuerdo. Ya hace un rato que sobrepasé el límite (140 caracteres) a partir del cual nadie te presta atención en internet, así que aprovecho el tirón y os dejo algunas muestras de mis ideas en boca del gran escritor italiano.

«Mi lector “perfecto” no es un erudito, pero tampoco un ignorante; no lee por obligación, ni para pasar el rato, ni para quedar bien en sociedad, sino porque siente curiosidad por muchas cosas, quiere elegir entre ellas y no quiere delegar en nadie esta elección. Conoce los límites de su competencia y preparación, y orienta su elección de forma consecuente; en este caso, ha elegido voluntariosamente mis libros, y le dolería no entender línea por línea lo que he escrito, o mejor, le he escrito: y es que yo escribo para él, no para los críticos, ni para los poderosos de la Tierra, ni para mí mismo. Si no me entendiera, él se sentiría injustamente humillado y yo sería culpable por incumplimiento de contrato.»

«Por otra parte, hablar al prójimo en una lengua que no puede entender quizá sea el vicio de algunos revolucionarios, pero no es en absoluto un instrumento revolucionario: es, muy al contrario, un viejo artificio represivo, conocido por todas las iglesias, una mala costumbre típica de nuestra clase política, fundamento de todos los imperios coloniales. Es una manera sutil de imponer el propio rango: cuando, en Los novios, el padre Cristóforo dice “Omnia munda mundis”, a fra Fazio, que no sabe latín, “al oír esas palabras grávidas de un sentido misterioso, y proferidas tan resolutamente,… le pareció que debían de contener la solución de todas sus dudas. Se resignó y dijo: «¡Basta! Usted sabe más que yo»”.»

«No hay duda de que, mientras vivamos, sin importar la fortuna que nos haya tocado o que hayamos escogido, tanto más útiles (y gratos) seremos a los demás y a nosotros mismos, y tanto más tiempo seremos recordados, cuanto mejor sea la calidad de nuestra comunicación. Quien no sabe comunicar, o comunica mal, con un código que nadie o pocos comparten, es infeliz, y esparce infelicidad a su alrededor. Si comunica mal deliberadamente, es una persona malvada, o al menos una persona grosera, pues fuerza a los demás a la fatiga, a la angustia o al aburrimiento.»

lunes, 30 de enero de 2012

Quemar dinero

En el mejor de los mundos posibles, el nuestro, el buen ciudadano tiene un solo deber: gastar dinero. Se le puede perdonar que atraque a las viejas, que le dé por quemar a los mendigos o se líe a machetazos con los gatos callejeros. Si él no lo hace, otro lo hará. Además, ¿de qué iban a ocuparse los policías si no hubiera delincuentes? De nada. Se quedarían sin trabajo y, sin trabajo, no ganarían dinero y no podrían gastarlo. Por otro lado, lo normal es que al delincuente lo acaben pillando, y el linchamiento público del criminal (ayer en la picota, hoy en el telediario) ha sido siempre una herramienta utilísima para aleccionar a otros buenos ciudadanos. Y cabe la posibilidad de que alguien cuente su historia en un libro o en una película, libro o película que, con un poco de suerte, se convertirá en un bombazo y animará al populacho a gastar dinero. En el mejor de los mundos posibles, el nuestro, el buen ciudadano es una especie de tullido moral, un lisiado al que le han arrancado el órgano de hacer el mal: por más que lo intente, el mal individual que sea capaz de hacer acabará convirtiéndose en un bien colectivo. Que haga, pues, lo que quiera, pero que no deje de gastar dinero. Si atraca una joyería, que se gaste el botín en un buen coche. Si le roba el bolso a su abuela, que se compre un teléfono nuevo. Y si no le llega para un teléfono, que se busque un pantalón o una camiseta. En Zara las hay baratísimas, en Primark están de rebajas todo el año. Y si es persona escrupulosa, poco dada a la ostentación, que se gaste el dinero en alguno de los llamados bienes primarios, lechuga, tomate, orégano, un par de calcetines, un cepillo de dientes (los dentistas recomiendan cambiarlo cada tres meses), una cuchilla de afeitar, un cortaúñas, jabón, un bote de polvos para que no le huelan los pies. El caso es gastar. Gastar dinero. ¿Para qué coño lo queremos si no? ¿Para quemarlo? Sí, ya sé que lo difícil no es gastarlo sino conseguirlo. Pero, en fin, como dice la sabiduría popular: el que algo quiere, algo le cuesta. Y habíamos quedado en que lo que queremos es gastar dinero, ¿no? Vaya, alguien dice que no. Parece que tenemos un graciosillo. ¿Y qué es lo que quiere usted, si puede saberse? ¿Un coche nuevo, una camiseta nueva, un cepillo de dientes nuevo, un cortaúñas, jabón? ¿De verdad me está diciendo que lo que usted quiere es jabón, y no, sencillamente, gastar dinero? ¿Y un bote de polvos para que no le huelan los pies? Esto es inaudito. He aquí un hombre que quiere un bote de polvos para que no le huelan los pies. La cosa no deja de ser curiosa, patológica diría yo, pero creo que podremos pasarlo por alto, siempre y cuando esté dispuesto a gastar dinero para agenciarse los dichosos polvos. ¿Está usted dispuesto? ¿Sí? Entonces no hay problema, es usted bienvenido. Al fin y al cabo, lo que importa no es la intención sino el resultado. Gastar dinero, eso es lo que importa. Es nuestro único deber. Y no parece gran cosa en comparación con todos los derechos que ganamos a cambio. Señores, seamos sensatos. Nos ha costado mucho llegar adonde hemos llegado, no lo echemos a perder. Sé que son tiempos difíciles, pero hay que hacer un esfuerzo. Gastemos dinero. Compremos. Si no compráramos teléfonos nuevos, los fabricantes de teléfonos no podrían seguir fabricando teléfonos, y, en consecuencia, dejarían de crear empleo. Por nuestra parte, nosotros, sus empleados, dejaríamos de cobrar puntualmente a primeros de mes y tendríamos que renunciar a cambiar de teléfono cada dos semanas. ¿De verdad les apetece pasar el resto de sus días con el mismo teléfono? Y otra cosa. Un asunto capital, sustancial, humanísimo, que rara vez, ay, nos paramos a considerar. ¿Qué sería del dinero si dejáramos de gastarlo? ¿Qué sería de las risueñas monedas, que tantas veces nos han alegrado el día con su tintineo? ¿Qué sería de los humildes billetes de cinco euros, que nos sirven infatigablemente, dejándose manosear sin reparos por gente de la más baja estofa? ¿Qué sería de los soberbios billetes de quinientos, que ninguno de nosotros ha visto y que quizá no existen, pero que iluminan nuestros sueños y nos llenan de esperanza y de fe en el futuro? Yo les diré, señores, lo que sería de ellos: se aburrirían, se anquilosarían y finalmente morirían de pena. En poco tiempo comenzarían a oler mal y habría que enterrarlos. Y no sería justo. ¡No sería justo! Después de todo lo que nos han dado, después de tantos teléfonos nuevos, de tantos cepillos de dientes, de tanto jabón, seríamos unos desagradecidos (por no usar otra palabra) si a la menor dificultad los abandonáramos. Además, no nos engañemos, ¿en qué íbamos a gastar nuestro tiempo si no tuviéramos dinero que gastar? ¿Qué coño íbamos a hacer con él, quemarlo? Pues sí, joder, sí, quemarlo.