lunes, 20 de junio de 2011

Día de limpieza

Nunca abandonéis a dos cables juntos en un cajón: hallarán el modo de enredarse y convertirán ese cajón en un lugar hostil. No lo hacen por maldad: sólo obedecen su instinto. Están sujetos a la Ley de Atracción de Desamparados, la misma que hace que los españoles, al llegar al extranjero, se las arreglen para conocer únicamente a españoles; la misma que hace que los calvos, cuando entran en un bar, busquen con esperanza otros calvos.

sábado, 18 de junio de 2011

Melodrama (que nadie se ofenda, sólo es literatura)

Lo bueno de estar de vuelta en Málaga es que siempre tengo los nervios a flor de piel, y eso me ayuda a liberar ciertas cargas. Aquí, en lugar de preguntarme si tengo derecho a ponerme melodramático, me pongo melodramático sin más. Es estupendo. Me imagino a mí mismo quemando todos mis libros, pisoteando la tarjeta de crédito y arrojando al mar el teléfono. Me imagino enfilando una carretera abandonada rumbo a ninguna parte, a pie, descalzo, con los bolsillos vacíos y el corazón lleno de remordimientos. De vez en cuando llueve y tengo que guarecerme en una gruta. Allí me desnudo y me masturbo y me acurruco en posición fetal, y así paso varios días, escuchando el gruñido de mis tripas, tiritando y tosiendo como un descosido, hasta que un guarda forestal oye mis gemidos y me rescata. Me lleva a su cabaña, donde le cuento mis cuitas al calor de la hoguera. Me da de comer y de beber, y cuando cree que estoy dormido me acaricia el pelo. Vivimos juntos un par de meses, yo sabiendo que él me ama y él sabiendo que nunca podré corresponderle. El día de mi partida (para entonces ya es invierno y el bosque está  cubierto de nieve), me regala un abrigo y me desea suerte. Yo le regalo un beso. En la historia no faltan los amores sórdidos, las borracheras, el hambre. Hay un grupo de mendigos que me acogen cariñosamente y que en cuanto me despisto me apalean y me roban hasta los calzoncillos. Hay también un perro vagabundo, un viejo misterioso, un niño al que le falta el ojo izquierdo, un gato al que le falta el ojo izquierdo, una profecía, un asesinato, un intento de suicidio, un fantasma. Y ese momento sublime en que me arrodillo y grito y lloro y amenazo al cielo con los puños y le pido al diablo que venga a por mí. A partir de entonces la historia cambia. Aparece un desconocido que me facilita un carné de identidad falso, un traje azul, un billete de diez euros y un peine. Es todo lo que necesitas, dice. Y, en efecto, eso basta para hacerme rico, para sobornar a un banquero, para verme envuelto en una oscura trama inmobiliaria, en fin, lo de siempre: drogas, sexo, putas de lujo, coches caros, una fiesta de bikinis en mi yate. Miedo, de repente miedo. Me observan, me vigilan. Una breve crisis paranoica, una nueva huida y más carreteras abandonadas, más guardas forestales, más vagabundos. Es genial, me imagino todo eso y no me siento ridículo. Me regodeo en el patetismo como un cerdo en un charco, y doy gracias por ello. Gracias, Málaga. Gracias a todos los que lo hacéis posible. Os quiero a muerte.

viernes, 17 de junio de 2011

Y no la guerra

Yo hace tiempo que lo tengo claro: si la novela es la máxima expresión artística del siglo XIX y el cine lo es del XX, en lo que llevamos de XXI la medalla se la lleva el porno. Juro con la mano sobre el Kamasutra que algunos vídeos amateur me han emocionado más que los mejores momentos de Orson Welles. Ea, ya lo he dicho. Y ahora, aunque no tenga mucho que ver, una foto.


Patricio Pron, El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan

El último año de carrera me matriculé en filosofía social. No lo habría hecho si hubiera sabido que Manuel Toscano era uno esos profesores que se toman en serio la asistencia a clase: nunca dijo claramente que fuera obligatoria, pero lo dio a entender. Y a mí me salían sarpullidos en cuanto algo me sonaba a obligatorio. Estaba en esa edad en que uno cree que nadie tiene derecho a opinar sobre cómo debe hacer las cosas (¿lo sigo estando?), y tenía una alarmante facilidad para proyectar hacia fuera mi propia soberbia. Se creerá muy importante, murmuraba entre clase y clase en los pasillos de la facultad. Se creerá que si no nos empapamos de Su sabiduría no sabremos nunca de qué va el mundo. Naturalmente, me negué a darle el gusto. Aunque sus clases me parecían interesantes (hoy ya no me duele reconocerlo), sólo aparecí por allí dos o tres veces en todo el año.
Sin embargo, me puso buena nota. Y yo, extrañado, fui a verle a su despacho para que me explicara a qué se debía la sorpresa. Es decir, para intentar rebañarle algún piropo. En lugar de eso, me dijo algo que desde entonces he recordado muchísimas veces, casi cada vez que leo un libro reciente. Dijo (no con estas palabras) que mi trabajo no era gran cosa pero que estaba escrito en español, en un lenguaje comunicable. Al parecer, la mayoría de sus alumnos escribía en una especie de lenguaje incompleto, un lenguaje en ruinas, que hubiera quedado a medio hacer o se hubiera desmoronado, compuesto de palabras que no encajaban entre sí o que sólo lo hacían a presión, sin llegar a formar un sentido, del mismo modo que los simples sonidos no llegan a formar una melodía si no están bien colocados. En esas circunstancias, el simple hecho de que un texto fuera más o menos inteligible bastaba para asegurarle una buena nota.
Pues bien, desde que me he empezado a interesar por los escritores jóvenes (el término es vago, lo sé, porque hoy los escritores siguen siendo jóvenes promesas hasta la edad de jubilación obligatoria), la sensación de estar leyendo ese tipo de redacciones escolares (o mejor, preescolares) ha sido más que recurrente. Igual que mi profesor, me he acostumbrado a leer textos tan jodidamente malos que cuando alguno está escrito correctamente me dan ganas de aplaudir. Y eso no puede ser. Es penoso. Yo no sé si hay que escribir correctamente, pero sí sé que eso, en cualquier caso, es poco: no basta, no puede bastar que algo esté escrito correctamente para que merezca la pena leerlo. Sí, ya sé, os oigo: es que vivimos malos tiempos, dice alguien suspirando, no se le pueden pedir peras al olmo, se lamenta otro, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. De acuerdo, pero, aunque eso fuera verdad, en esto de la literatura las fronteras están a un tiro de piedra, y es facilísimo dar un saltito y plantar el pie en un país más rico. Es de imbéciles venerar a un tuerto cuando en el estante de al lado sigue habiendo reyes clarividentes. No sé vosotros, pero yo prefiero ser el último esclavo de Dostoievski que el secretario personal de Ken Follet (y conste que hablo desde la máxima admiración hacia mi queridísimo Ken, cuya espesa y luminosa cabellera me parece envidiable).
Todo esto lo vengo pensando hace años (sé que es ridículo invertir más de treinta segundos en pensar esta chorrada, pero, en fin, uno no hace lo que quiere sino lo que puede). Si no lo había escrito antes es porque no tenía una buena excusa para hacerlo. Ahora la tengo. Una excusa que es también un motivo de celebración: al fin he dado con un magnífico libro escrito por un joven escritor de mi tiempo. Se trata de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, de Patricio Pron. De los libros de mis coetáneos (veinte años arriba, veinte años abajo) que he tenido la suerte o la desgracia de leer, es probablemente el más interesante, y sin duda el más ambicioso. Entre otras cosas, tiene varios cuentos magistrales, como el perfecto Un cuento sobre la nieve o el imperfecto La visita al maestro. Es, creo, el libro de un hombre que no sólo aspira a hacerse ver (a eso aspiramos todos), sino también a hacer ver. El libro de un hombre que tal vez nunca aprenda a no darse importancia, pero que ya ha aprendido a dársela a otros. Quizá, simplemente, es el libro de un hombre que ama la literatura.

lunes, 13 de junio de 2011

El fin de algo

Anoche, a las cuatro de la mañana, tropecé con un control policial en la carretera. Mientras me acercaba noté que el corazón me latía muy fuerte. Las manos me temblaban. Y, sin embargo, quería que me pararan: que me miraran con recelo, que me cachearan, que registraran el coche y que no encontraran nada. Según parece, aún queda en mí un resto de esa culpable conciencia adolescente que me hacía sentir liviano, transparente, libre, cuando no llevaba hachís. Paradme, cabrones, pensaba. Sé que no os fiáis de mí, sé que queréis joderme, pero os vais a quedar con las ganas. Dos policías cortaron el paso al coche que me precedía y le ordenaron detenerse en el arcén. Luego llegó mi turno: un policía me apuntó con la linterna, me echó un vistazo a través de la ventanilla y con un gesto aburrido me indicó que siguiera adelante. Experimenté un ligero alivio: aunque quería que me parasen, siempre es un alivio quitarse a la policía de encima. Pero después, a medida que los perdía de vista, me fui sintiendo más y más pequeño, más y más insignificante. Llegué a casa con la extraña sensación de haber encogido varios centímetros. Estuve un buen rato mirándome al espejo, tratando de comprender por qué me sentía tan decepcionado. Al principio creí que se debía a que no pude demostrarles que no era un tipo peligroso. Ahora comprendo que se debe a que ellos me lo han demostrado a mí.