jueves, 12 de octubre de 2017

William Saroyan, Me llamo Aram

En Me llamo Aram, William Saroyan nos cuenta, te cuenta esa fase de tu vida en la que hiciste todas esas cosas, ya sabes, todas esas cosas asombrosas que por desgracia ya no recuerdas. Haz memoria. ¿Te acuerdas de aquella vez que tu primo llamó a la ventana de tu habitación de madrugada, te despertó y te mostró algo insólito, la cosa más hermosa que habías visto en tu vida: un espléndido caballo blanco? No sabías de dónde había salido pero querías montarlo, querías montarlo y lo hiciste. Era casi de día, era de noche. Tenías nueve años. El caballo corrió y se internó en unos viñedos cercanos, corrió y saltó las cepas mientras el sol despuntaba en el horizonte, corrió y corrió y te tiró al suelo, y siguió corriendo. Sucedió hace mucho tiempo, pero tienes que acordarte. ¿Y qué me dices del profesor Derringer? De él al menos sí te acordarás. Estaba un poco enamoriscado de la odiosa miss Daffney, pero era un buen hombre. Cuando hacías una trastada y miss Daffney te mandaba a su despacho, el bueno de Derringer, en lugar de azotarte con la correa, te pedía que gritaras muy fuerte, una vez, dos veces, diez veces, para que los demás profesores, desde el pasillo, te oyeran gritar y pensaran que estabas recibiendo el castigo. Vaya, ¿tampoco de él te acuerdas? ¿Y del indio aquel, cómo se llamaba, aquel indio que llegó al pueblo montado en un burro? Pobrecillo, el burro, murió a los pocos días atropellado por el tranvía, y lo que ocurrió después, amigo, lo que ocurrió después es una de esas cosas que no se olvidan. “Locomotora 38”. Así se llamaba el indio, me acabo de acordar. ¿Es posible que no lo recuerdes? Bueno, no te preocupes, es perfectamente normal. Todo esto pertenece a tu pasado, cierto, pero no al pasado en el que estás pensado, sino a tu otro pasado, el verdadero, el que todos compartimos. Me llamo Aram narra la infancia y la primera juventud, pero no la tuya, que eres nada, ni la mía, que soy menos que nada, sino la de todos. Yo, lo confieso, tampoco la recordaba, pero entonces llegó a mis manos el libro de Saroyan y comencé a recordar, y ahora recuerdo. Léelo. Estoy seguro de que a ti te ocurrirá lo mismo.

martes, 3 de octubre de 2017

Plegaria de los likes

Dame seguidores, Señor. Dame likes.
Tengo Twitter e Instagram, tengo Facebook,
tengo un blog que actualizo diariamente
y un olfato infalible para dar like
en el lugar y el momento oportunos.
Pero no tengo likes. Los seguidores
me hurtan su cariño y su devoción,
y no me parece justo, Señor.
El mes pasado gané un seguidor,
y hay donnadies que en apenas dos horas
ganan veinte mil, cien mil, un millón.
Un niñato que se graba a sí mismo
haciendo cochinadas con las bragas
de su abuela. Dos gemelas idénticas
que publican cada día una foto
de sus nalgas, de sus pies, de sus piernas,
retando al personal a averiguar
a cuál de ellas pertenecen los miembros
en cuestión, y de paso calentándolo
un poco. Por no hablar de esa ancianita
que en sus vídeos de YouTube instruye
a doce millones de seguidores
en el delicado arte de doblar
servilletas. Has oído bien, doce
millones. Dime, ¿te parece serio?
A mí no me lo parece. Ni serio
ni justo. ¿Por qué yo no y ellos sí?
Dame seguidores, Señor. Dame likes.
Yo los merezco más que todos ellos
juntos. Soy un poeta, en mi pecho arde
el fuego inextinguible. ¿Qué son ellos?
Guapos. Solo guapos. Guapos en busca
de likes. Merecen un buen escarmiento,
y lo sabes. Muéstrales lo que sabes
hacer. Que conozcan la soledad,
que conozcan la verdad de la vida.
Ni un solo corazoncito en sus fotos
de Instagram. Pulgares abajo en todos
sus vídeos de YouTube. Arrebátales
los likes y dámelos a mí, Señor.
Alúmbrame el camino que a los followers
conduce. Regálame el impudor,
el certero instinto exhibicionista,
la fotogenia y el oportunismo.
A los millones de desconocidos
que pueblan internet dales mi rostro
para que lo admiren y lo veneren.
Y para que den like, Señor. Muchos likes.
Si supieras cuánto lo necesito
lo harías. Sacia mi sed, te lo ruego,
o si no ten al menos la bondad
de arrancarla de mi alma. Que mi pecho
no albergue anhelo de notoriedad,
que los likes y la vacua y pasajera
fama me importen un pimiento. Dame
serenidad y enséñame a gozarla.
Pero si es posible, dame mejor likes.

sábado, 26 de agosto de 2017

Apenas ayer (fantasía veraniega)



¿Ocurrió de verdad? Podría haber ocurrido, eso es seguro. Ayer mismo, como quien dice. Apenas ayer.

Era verano, una fresca mañana de junio. Mi primer día de playa del año. La Trotona, bicicleta fiel, avanzaba suavemente por el paseo marítimo, y la brisa me levantaba el flequillo. Beret cantaba en mis auriculares y me ponía los vellitos de punta. «Soy polvo de estrellas, lo sé. Sigo en mi cuarto menguante…». Me emocionaba escucharlo y me emocionaba saber que un chico de mi edad, veinte años, podía atesorar tanto talento. Porque yo, aunque no os lo creáis, tenía veinte años apenas ayer. Me bajé de la bici y caminé hacia la orilla. La luz tibia del sol penetraba con humildad en el mar, como la mantequilla en el pan caliente. Me quité la camiseta, respiré hondo. Juro que no hube de encorvarme y caminar agachado bajo una bóveda de sombrillas para alcanzar el agua; solo había, aquí y allá, algún bañista mañanero, solitario, silencioso. Nadie destripaba a gritos dos toallas más allá la última temporada de Juego de tronos, nadie sentía el generoso impulso de compartir con el resto de la concurrencia, a todo volumen, su playlist de reggaetón. No había ayer en la playa, creedme, un niño que, en lugar de ponerse las chanclas o meterse en el agua, daba saltos con los pies desnudos sobre la arena ardiente, sin parar de gritar: «¡Quema, uh, quema, papá, quema!», ni un padre que, con voz atronadora, le gritaba que se callara. Ayer, ayer mismo, apenas ayer solo había en la playa silencio y sol y cielo y un mar enorme. Entré en el agua. Lo hice despacio, caminando de puntillas y dando saltitos cada vez que una ola pretendía cubrirme la cintura, hasta que una más grande que las otras comenzó a formarse a lo lejos. Yo le vi las intenciones, que no eran buenas. Di un paso atrás y traté de huir, pero era demasiado tarde, así que me tiré de cabeza. ¡Lo fría que estaba el agua! Helada, como debe ser. Qué gusto, por dios. El primer baño del verano es mi momento preferido del año. Sale uno más limpio de ese baño que de todas las misas del mundo juntas. Si cantar es rezar dos veces, nadar en el mar es cantar cien veces. Eso, claro, si el agua está limpita, cosa que en mi ciudad rara vez ocurre. Pero ayer (esta es mi fantasía y hago con ella lo que quiero) estaba reluciente. Ni bolsas de plástico, ni compresas usadas, ni espuma sospechosamente amarillenta, nada, no había rastro de la nutrida y especiada mierda que aliña las playas de mi ciudad en verano. Nadé con fruición, buceé con los ojos abiertos y pude ver nítidamente, a solo unos metros, un grupo de pececillos que se alejaban meneando las colitas, y más allá, al fondo, una silueta humana, femenina, que me indicaba por gestos que me acercara. Yo, prudente, me hice el loco, le di la espalda y cambié de dirección, porque sé que las sirenas tienen fama de arpías. Nadé hacia tierra firme y regresé a la toalla.

Abrí el libro que llevaba en la mochila, Las señoritas de Wilko, de Jarosław Iwaszkiewicz. Durante media hora acompañé a Wictor Ruben en su regreso al pasado. Seguí con interés pero sin pasión las desventuras de ese hombre cansado que regresa después de quince años al lugar donde fue joven, a su casa natal, que abandonó a los veinte. Mientras leía me rondaba la sospecha de que aquel libro tendría mucho que decirme al cabo de unos años, pero ayer, apenas ayer, quien tenía mucho que decirme era Beret, de manera que cerré el libro y volví a ponerme los auriculares. «Ni el pretérito es tan simple ni el futuro tan perfecto…». Tumbado bocarriba, con los ojos cerrados, escuché una canción tras otra, hasta que unas gotitas muy frías cayeron en mi ombligo. Eras tú, toda mojada; acababas de salir del agua y te escurrías el pelo, diabla, sobre mi vientre. Me sorprendió que te tomaras tantas confianzas: casi no nos conocíamos. Habíamos sido compañeros de clase un par de años atrás, en el instituto, pero nunca habíamos tenido mucho trato. Te excusaste: estabas sola en la playa y te aburrías tanto que no habías podido resistirte a molestarme un poco. «¿Qué escuchas?», dijiste señalando mis auriculares. «Beret». «Ah, ¡Beret!». Y cantaste: «Si el amor fuera ciego solo nos enamoraríamos de la oscuridad…». Luego dijiste: «Ahora vengo», y fuiste a por tu toalla y la pusiste junto a la mía. Tenías el pelo rosa, las uñas pintadas de negro y una barriguita adorable. Miré al sol y susurré: «Detente. No te muevas. Que no acabe nunca este día». Él no hizo caso, siguió su camino, pero no me importó porque ya nada me importaba. Quedaban muchas horas de felicidad por delante, el día estaba empezando y aún era posible creer que jamás terminaría. Nos bañamos juntos y nos tumbamos juntos al sol, cada cual en su toalla. Tú te dormiste y yo fingí que me dormía. Y te vi dormir. Olías a arena. A agua. A bikini mojado. Te olí con ganas, olí tus labios, tus párpados, tu nariz. Acerqué mi rostro a tu rostro y aspiré con fuerza, y fue entonces cuando abriste por sorpresa los ojos y dijiste, sonriendo: «¿Huelo bien?». Y me atrajiste hacia ti. Era verano, joder, juro por lo más sagrado que era verano.

Un suspiro. Eso fue lo que duró. El sol, entretanto, había seguido su curso y comenzaba a ocultarse. Yo le grité: «¡Detente! ¡No te muevas! ¡Ni se te ocurra moverte!». Pero a él solo le dio tiempo a mirarme compadecido durante un segundo. «Lo siento…», parecía decir. «No depende de mí…».

Desapareció, y el día desapareció con él, para siempre.

¿Ocurrió de verdad? Podría haber ocurrido, eso es seguro. Ayer mismo, como quien dice. Apenas ayer.

sábado, 5 de agosto de 2017

El desafío

Si entro en la cocina de madrugada y, al encender la luz, veo una cucaracha sobre la encimera, me asusto. Pero si, para colmo, la cucaracha no huye ni se esconde, me ofendo. Se supone que las cucarachas temen a los humanos. Somos mucho más fuertes, por el amor de dios. Si quisiera podría aplastarla con un dedo. ¡Con un dedo la destriparía si me diera la gana! ¿Por qué no huye? ¿A qué juega? ¿Qué quiere de mí?

domingo, 23 de julio de 2017

Bennett Cerf, Llamémosla Random House


Lo mejor que puede decirse de un crítico literario es que transmite amor a la lectura; lo mejor que puede decirse de un escritor es que transmite amor a la vida. Bennett Cerf fue ambas cosas. No puedo juzgar sus méritos como crítico porque no los conozco, pero puedo afirmar con rotundidad que fue un magnífico escritor. Quizá una de las razones de su éxito sea su descarado diletantismo, su forma despreocupada de abordar la escritura (la mayor parte de sus memorias ni siquiera provienen de textos escritos, sino de fragmentos de entrevistas orales). «Llamo clásicos a los que aún no hacían de la literatura un oficio», escribió Jules Renard. Es apresurado hablar de Bennett Cerf como de un clásico, pero su libro de memorias, Llamémosla Random House, tiene poco que envidiar a muchos de esos libros de los que todos hablamos admirativamente, aunque no los hayamos leído.

Bennett Cerf fue editor. Antes  de eso fue agente de bolsa, pero no dudó en mandar Wall Street a paseo en cuanto se le presentó la oportunidad de dedicarse a su verdadera vocación. Comenzó trabajando por cuenta ajena y terminó fundando una de las editoriales más importantes del siglo XX (y de lo que va de XXI), Random House. Estoy seguro de que fue un trabajador infatigable, pero también fue un perfecto exponente de esa máxima según la cual nadie llega muy lejos, por muy duro que trabaje, si no sabe compaginar el trabajo con el placer. Las frases más recurrentes del libro son las del tipo: «aquella noche celebrábamos una fiesta», «esa tarde acudimos a una fiesta en casa de». Fiestas, fiestas. Los locos años veinte, y luego, superado el pequeño bache del 29, más fiestas. ¿Y qué me dicen de sus compañeros de farra? Pillarse una borrachera con Faulkner, con Capote o con Eugene O’neill no debe de ser muy distinto a pillársela con cualquiera, pero, si sales ileso, al día siguiente tendrás un montón de jugosas anécdotas que contar. Bennett Cerf las tenía, y las contó de maravilla. Este libro es ante todo una divertidísima colección de anécdotas, muchas de las cuales tienen como protagonistas a algunos de los mejores escritores del siglo pasado. Como muestra he aquí un breve y desternillante episodio.

En una ocasión, él y su esposa tenían como invitado a Sinclair Lewis, que a la sazón era autor de Random House.  Aunque su época de mayor esplendor creativo quedaba ya muy atrás, era todo un premio Nobel y no podía ser considerado un escritor cualquiera. Pues bien, esto es lo que cuenta Bennett Cerf:

“Los tres estábamos terminando una cena tranquila en casa, y entonces llamó Bob Haas para decirnos que estaba con Bill Faulkner. Nos preguntó si nos gustaría unirnos a ellos. Estaba tan seguro de que Red (Sinclair Lewis) se mostraría encantado, que le dije que sí sin ni siquiera preguntar. Pero Red dijo:
-No, Bennet. Esta es mi noche. ¿No has sido editor el tiempo suficiente como para entender que no quiero compartirte con ningún otro autor?
            Así que tuve que llamar a Bob y excusar nuestra ausencia.
            Nos sentamos y hablamos durante un rato; luego Red, que tenía que levantarse al despuntar el alba, nos dio las buenas noches y subió a su habitación en el cuarto piso. Como era muy temprano, Phyllis y yo todavía estábamos sentados en la sala de estar, dos pisos más abajo, cuando de repente Red gritó por la escalera:
-¡¡Bennett!!
            Sentí miedo de que algo horrible le hubiera ocurrido, así que corrí hacia las escaleras y grité:
-¡Red, ¿qué sucede?!
-Nada, solo quería estar seguro de que no te habías escapado a ver a Faulkner.”

A algunos tal vez les resulte desagradable el tono festivo del libro, la alegría de vivir que exhibe sin disimulo este hombre que gozó de éxito, de fama y de dinero, pero yo encuentro refrescante cruzarme de vez en cuando con alguien que, en lugar de malgastar sus energías en quejas y lamentos, tal como hacemos casi todos, celebra haber tenido suerte en la vida. Y, sobre todo, me despierta simpatía la impúdica y jovial honestidad que destila cada página del libro. «Me gustaba pararme y mirar los carteles, me gustaba la publicidad y verme a página completa, pues me gusta ser famoso». Así se habla, Bennett.

En un pasaje del libro, el editor, rememorando a un amigo desaparecido, nos dice que cuando él estaba en una sala todo el mundo parecía más brillante. Yo puedo decir que durante el tiempo que su libro ha permanecido en mi habitación mi vida ha sido más brillante. Y más divertida. Llamémosla Random House es uno de esos libros que nos recuerdan que la lectura es lo contrario del aburrimiento. Y a esa clase de libros no es fácil estarles suficientemente agradecidos.

Es probable que muchos editores aprendan leyéndolo algunas cosas importantes sobre el negocio y sobre el trato con los escritores; es probable que muchos escritores aprendan algunas cosas sobre el negocio y sobre el trato con los editores, pero, más que para aprender, este es un libro para disfrutar, para gozar de lo lindo y olvidarse por un rato de lo importantes que son los libros, de lo importante que es la lectura y de lo importantísima (qué hartazgo, por dios) que es la literatura. Leer las memorias de Bennett Cerf es lo más parecido a comprar un litro de helado y pasar el resto de la tarde dándole lametazos. ¿Estáis leyendo un Gran Libro y se os empieza a atragantar tanta grandeza? Haceos un favor: abandonadlo durante unos días y leed Llamémosla Random House. Ensuciaos el hocico. Daos ese capricho.